383. La Sidonia entre los siglos VIII y X

16 05 2013

 

 Se titula La capital itinerante y su autor es Miguel Ángel Borrego, máster en Patrimonio Histórico-Arqueológico y doctorando por la Universidad de Cádiz, y Licenciado en Filología Semítica e Hispánica por la Universidad de Granada

El próximo día 22 de mayo, a las 20.00 horas en el salón de actos de la ONCE, en Jerez, tendrá lugar la presentación del libro editado por La presea de papel, titulado La capital itinerante. Sidonia entre los siglos VIII y X. Este libro es el primero de la colección denominada A de Al-Andalus.
La colección A DE AL-ANDALUS de Ediciones Presea, ofrece al lector la posibilidad de adentrarse en la realidad de al-Andalus desde diferentes puntos de vista y disciplinas del conocimiento.
Son libros breves, pequeñas joyas de bolsillo cercanas al público en general, pero que sin perder un ápice de su carácter científico, tratan de aclarar las numerosas dudas y polémicas historiográficas que al-Andalus sigue provocando.
Las obras de la colección a de al-Andalus basan su contenido en el estudio de las fuentes históricas, literarias, biobibiográficas, epigráficas y arqueológicas, para acercarnos mejor este período fundamental de la historia de España y Europa y aclarar muchas de las incógnitas aún sin resolver.
Una colección imprescindible no sólo para el lector especializado, sino también para todo aquel interesado en el legado histórico y cultural de al-Andalus.
Esta colección está dirigida precisamente por el autor de este primer libro, y cuenta con el respaldo de un comité de expertos, compuesto por Maribel Fierro, Miguel Ángel Manzano, Virgilio Martínez Enamorado, José María Gutiérrez López, José Miguel Puertavilchez, Fernando Nicolás Velázquez Basanta.

La identificación y localización de la capital o capitales político-administrativas de la cora de Sidonia (o Sidueña, k?rat Ši??na) entre los siglos VIII al X no es tarea fácil debido a la escasa y confusa información que aportan las fuentes árabes. No obstante, y gracias a los datos extraídos de algunos autores, es posible conocer el nombre de los enclaves que ostentaron el papel vertebrador de la región en algún momento de las centurias referidas. Hasta mediados del siglo IX, Ši??na era aún la ciudad preponderante de la cora, condición que heredaba de Assidona, enclave que a finales del siglo VI, tras la crisis del Bajo Imperio Romano y el declive de Gades (Cádiz), se convirtió, con la monarquía visigoda bien asentada ya en la Península, en el centro administrativo y espiritual de la comarca. Pero a partir de las incursiones normandas del año 844, Ši??na inicia un declive paralelo al ascenso de otros núcleos urbanos como Qals?na y Šar?š (Jerez), sucesivas capitales que al tiempo se convirtieron en centros intelectuales de cierta importancia, coincidiendo con el período de bonanza económica que la cora experimentaba en tiempos de al-?akam II (m. 976).

Miguel Ángel BORREGO SOTO (Jerez de la Frontera, 1970). Máster en Patrimonio Histórico-Arqueológico y doctorando por la Universidad de Cádiz, y Licenciado en Filología Semítica e Hispánica por la Universidad de Granada, donde asimismo cursó estudios de Arameo, Historia de los Judíos en la Edad Media y Lengua y Literatura Sefardíes.
Actualmente compagina la actividad docente con sus trabajos de investigación histórica, literaria y epigráfica sobre Jerez y su entorno durante el período de dominación musulmana en la Península Ibérica. Es miembro del grupo de investigación AL-ANDALUS-MAGREB (PAI HUM-385, Junta de Andalucía) de la Universidad de Cádiz, dirigido por Fernando N. Velázquez Basanta; socio numerario de la SOCIEDAD ESPAÑOLA DE ESTUDIOS ÁRABES (SEEA); miembro de número del CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS JEREZANOS (CEHJ); y redactor de la Biblioteca de al-Andalus, editada por la Fundación Ibn Tufayl de Almería, de la que es colaborador científico, dentro del proyecto de investigación Enciclopedia de la Cultura Andalusí, que dirige el profesor Jorge Lirola (Universidad de Almería).
Es autor de artículos y reseñas diversos en revistas especializadas y de divulgación. Ha participado en diferentes seminarios, congresos y jornadas de carácter nacional e internacional, y ha dado numerosas ponencias y conferencias sobre su tema de especialización. Junto a otros arabistas, participó en la 2ª edición de El Cádiz islámico a través de sus textos (Juan Abellán Pérez, 2005), y a finales de 2011 publicó su primer libro, Gala del mundo y adorno de los almimbares. El esplendor literario del Jerez andalusí (EH EDITORES).

La semana siguiente, está previsto que La presea de papel presente otro libro de temática histórica, en colaboración con la Asociación Jerezana de Amigos del Archivo, titulado Siguiendo el hilo de la historia. Nuevas líneas de investigación archivística y arqueológica.

TEXTO Y FOTOS: Presea Ediciones



372. MARÍA DEL CARMEN GARCÍA. Olor a óleo

7 05 2012

Toda una vida entre óleos, acuarelas y pinceles. MarÍa del Carmen García González, casada y con tres hijos, ilumina cada semana de color sus aulas y de paso su vida y la de quienes la rodean.

En el Centro Social La Granja y en el colegio que lleva el mismo nombre, es un referente para las familias en lo que a las bellas artes respecta; y un ejemplo de ser humano, con la candidez y la sencillez como bandera.

Autodidacta, pintora y creadora, lleva desde los 18 años haciendo de la pintura no sólo un arte sino una forma de vida. Y sus alumnos y alumnas lo saben.

Por sus delicadas manos han pasado cientos de escolares que se han iniciado gracias a su buen hacer en una senda creativa que, aún de adultos, muchos continúan. “Les abro una vocación, y me gusta enseñar lo que yo sé”, asegura con una sensibilidad a flor de piel.

Jerezana “por los cuatro costados”, como ella misma se define, María del Carmen asegura que lo mejor de trabajar con niños es “lo fácil que resulta que se abran a nuevos conocimientos, que comiencen a coger el lápiz desde pequeños e ir limando sus imperfecciones”. “Aunque tenerlos sentados- añade es difícil, resulta muy gratificante comprobar como el arte les estimula a todos los niveles”.

 No en vano, la pintura se recomienda especialmente por los expertos para procesos terapéuticos en niños con minusvalías e hiperactividad, “porque pintar es relajante, les ayuda además con la agudeza visual de los colores… y en suma porque asumen la iniciativa”, nos relata esta veterana pintora.

Hablar con ella y observar como los menores aprenden es toda una experiencia. El tiempo pasa lentamente y la creatividad rebosa a raudales. Si quieren conocer su maestría, los lunes y miércoles a partir de las 5 de la tarde sus clases huelen a óleo…

 

 

TEXTO E IMAGENES: SUSANA PADILLA



337. JUAN JOSÉ ROSA SÁNCHEZ. Un investigador jerezano en León

2 04 2011

 Juan J. ROSA SÁNCHEZ, Profesor Honorario de la Universidad de León, nació en Jerez de la Frontera (1936) y vive en León desde 1958 (con un breve periodo en Córdoba). Es Doctor en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte por la Universidad de León y Licenciado en Educación Física por el INEF de la Universidad Politécnica de Madrid. Fue Profesor de Educación Física entre 1958 y 1966 del Instituto Padre Isla y del Colegio San José de HH. Maristas, de León. Desde 1966 a 1971 trabajó de Profesor de Educación Física en la Universidad Laboral de Córdoba, sede del Gabinete de Investigación Pedagógica de la Educación Física, del que fue miembro activo. Desde 1971 hasta 1999 fue Profesor Titular del área de Educación Física y Deportiva, en el Departamento de Educación Física de la Universidad de León, impartiendo clases de Didáctica de la Educación Física y de Juegos Infantiles en la Facultad de Educación de la que fue Vicedecano. Se jubiló el año de 1999. Fue profesor colaborador en el Programa Interuniversitario de la Experiencia de la Junta de Castilla y León después de jubilado.

            Su tesis doctoral Estudio del desarrollo motor de población escolar leonesa mediante la utilización de la batería de Lincoln-Oseretsky de motricidad infantil la defendió el 30 de Septiembre de 1995 y obtuvo la calificación máxima de entonces: Apto Cum Laude por unanimidad y fue publicada en 1996. Dos años antes, en 1994, editó el vídeo Tests motores de Oseretsky.

            En colaboración con su mujer Elhecte del Río Mateos, también profesora jubilada de la Universidad de León, ha publicado las obras siguientes: Juegos tradicionales infantiles en la provincia de León (1997 y 2001), Terminología de Educación Física y su Didáctica (1999), Glosario de juegos tradicionales (2000); Vocabulario de juegos tradicionales, populares y autóctonos (2005); El juego de dormir: las nanas (2007); Juego populares (2008) y, el vídeo Juegos tradicionales infantiles (1998).

            Su línea de investigación sobre juegos tradicionales, populares y autóctonos sigue ocupando su tiempo. Posee la Medalla de Oro de la Universidad de León.

MI VIDA CONTADA POR MÍ

Mi primer llanto fue en la calle Morenos nº 18, en el Barrio de San Pedro, el 3 de Enero de 1936. Mi padre Fernando Rosa Calero (o de la Rosa, lo tengo pendiente de aclarar) decía muy a menudo: Yo soy del Zumajo, siempre vivió en Jerez. Mi madre, Encarnación Sánchez Martínez nació en Villanueva del Arzobispo, se crió en Córdoba y muy joven se instaló en Jerez.

Muy cerca, en la calle Bizcocheros que luego descubrí que se llamaba Cardenal Herreros, número 30 vivían mi abuela Andrea y mi tía Paca. En aquel patio tanto como en el de mi casa me crié. De él recuerdo que en un fogón que había al fondo a la izquierda, mi tía que era carnicera, hacía manteca “colorá” y blanca. En una gran vasija de cobre echaban pellas de tocino que a medida que se iban cociendo se licuaban. Una vez que era todo líquido la dejaban enfriar y estaba la manteca lista para vender en la carnicería. Nosotros, en plena ebullición, echábamos un chusco de pan dentro, lo dejábamos allí un momento, lo sacábamos y, enfriado convenientemente, nos lo comíamos, estaba riquísimo. Lo que también nos gustaban mucho eran los chicharrones. ¡Menudo manjar cuando nos dejaban probarlos!.

Mi abuela Andrea Calero Arcila, era de Arcos de la Frontera. Se casó con Francisco Rosa (o de la Rosa) López, carpintero de carros en el cortijo El Zumajo, allí nacieron sus hijos y vivieron hasta que el abuelo se murió. Fue entonces cuando mi abuela se trasladó a Jerez. Su habitación era grande, tenía una mesa camilla a la izquierda entrando, con una mecedora donde ella pasaba muchas horas y al fondo estaba su cama, en la que a mí me agradaba dormir. Me gustaba mucho estar con ella, escuchar sus historias y las conversaciones que mantenía con sus amigas. En cierta ocasión me regaló un duro de plata con la cara en el anverso de Alfonso XIII, no sé que fue de la moneda. Era una gran admiradora del General Primo de Rivera, de él, cada vez que se presentaba la ocasión, afirmaba que había sido un hombre muy guapo y muy bueno para España. A mí me quería mucho y a sus amigas, siempre que la dejaban, les decía: Mi Juaichi tiene mucho talento.

(Juan, en su primera comunión)

Del barrio recuerdo a un chaval, que no sé en que calle vivía, al que decíamos el gordo y se dedicaba a pegarle a todo el que se cruzaba en su camino. Un buen día me encontré a solas con él, me armé de valor y cuando venía hacia mí, con las intenciones que son de suponer me lancé hacia él lo agarré y lo apechugué contra la reja de un cierro, con más miedo que vergüenza -el mismo miedo me daba fuerzas- y se asustó el velentón cuando vio que no podía deshacerse de la presa que le hice y porque le metí la rodilla entre las piernas. Cual no sería mi sorpresa cuando se puso a lloriquear, lo que aproveché para exigirle que no volviera más y así fue (yo todavía no me lo creo). También recuerdo a mi amigo Paquito: un mal día no vino a jugar porque, según me dijeron, estaba malo y ya no volvió más.

A las cuatro esquinas jugábamos en el cruce de  la calle Morenos con la de Bizcocheros, frente a la puerta de mi abuela. Pero una noche me quedé solo, hacía viento, debía ser Levante, la calle estaba iluminada por una bombilla con su tulipa colgada de un cable que cruzaba desde una pared a otra, la casa de enfrente estaba derruida, de ella se contaban muchas historias. El viento movía la bombilla y la sombra que proyectaba la pantalla en las paredes subía y bajaba, pasé mucho miedo.

Mi padre compró una casa en un barrio periférico de Jerez que se llamaba Barriada Soto Mayor, pero al que se le conocía con el sobrenombre de Reventón de Quintos. Me imagino que el sobrenombre se debía a que por allí habían instruido a los soldados y como es de suponer quedaban para el arrastre. A su calle “Larga” nos fuimos a vivir. La casa hacía esquina con la carretera y la entrada era por la citada calle. Debía ser el número uno. Enfrente vivía “La Jaramilla”, una señora mayor que a lo mejor se apedillaba Jaramillo de la que decíamos que tenía la casa llena de mierda y de gatos. El tejado estaba siempre repleto de jaramagos.

Desde el patio, por una escalera, se accedía a una terraza en la que mi padre, con nuestra “valiosa”, ayuda hizo una cocina. De aquella obra tengo un recuerdo: mi padre decía, Fernandito trae un ladrillo y mi hermano decodificaba el mensaje y me transmitía Juaichi, lleva un ladrillo y así iba poco a poco avanzando la obra hasta que nuestro progenitor se cansó de tener un ayudante tan “diligente” y una de las veces que intentaba pasarme el recado para que yo hiciese su labor le espetó, ¡He dicho Fernandito! No le hizo falta insistir más. Yo por si acaso se perdía alguna bofetada me quité de en medio y la obra se terminó sin necesidad de mi ayuda. Calculo que mi hermano tendría unos nueve o diez años y yo, como había nacido tres años más tarde, unos seis. Una de nuestras diversiones era saltar desde el último escalón al patio y más de un buen porrazo nos llevamos porque nos enganchábamos en una planta que sobrevolaba la barandilla, seguramente un jazmín o una dama de noche. Pero lo que más recuerdo de la escalera es que una noche volvimos de la feria toda la familia, incluida mi tía Paca quien, en un ataque de risa por alguna gracia de alguien o por el vino, no podía subir, todos intentábamos ayudarla, cosa bastante difícil, por su peso y por la estrechez de la escalera y ella se sentó en el último escalón y dijo: ¡joé que me meo! y se meó.

(Juan. agachado  2º por la derecha, en su equipo de baloncesto)

Una de mis funciones era ir al almacén de Benito, tienda de comestibles que estaba en la calle Doña Blanca, a comprar aceite; aparte del dinero y el correspondiente envase había que llevar la cartilla de racionamiento. Para servir el aceite usaban una especie de surtidor que llenaba un depósito transparente y de allí a la botella. Cuando llovía, el impermeable o gabardina que usaba era un saco convenientemente preparado que me ponía sobre los hombros y la cabeza a modo de capa como la de Caperucita Roja. También era, con mi hermano, en épocas de restricciones, encargado de guardar larguísimas colas para recoger agua de una boca de riego que había en el Palenque y luego llevarla a casa que distaba unos doscientos metros.

Un buen día de invierno, mi padre nos dijo que nos íbamos a La Corta en bicicleta. Yo viajé en la barra y mi hermano en el portaequipajes. En otras ocasiones, si íbamos los tres hermanos, la niña lo hacía en la barra, para ir más protegida, mi hermano en el portaequipajes y yo en el manillar. Nosotros nos dedicamos a correr cerca de la orilla, muy pegados al agua pero sin tocarla para no mojarnos. En un momento determinado, mi hermano que iba delante, quiso atravesar una especie de murete que por allí había (sería la presa), falló el piso y se cayó al río, vestido naturalmente. No sabía nadar, yo tampoco. Daba manotazos al agua, se agarró a una piedra y ésta se soltó. Salí corriendo dando voces hacia el lugar donde había visto que se había ido mi padre y cuando llegamos al lugar del suceso, mi hermano estaba fuera del agua, completamente empapado. Se desnudó para secarse al aire y no me acuerdo que hicimos con la ropa para secarla ni que dijo mi madre cuando volvimos a casa.

Nos matricularon en un Colegio Nacional que había en la Plaza del Arenal. Mi hermano tuvo que cambiar de Colegio, pues estaba en el de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, en nuestro barrio anterior,  yo no tuve necesidad porque no había ido todavía a ninguno; a él lo matricularon en 4º curso, el último entonces de la Enseñanza Primaria, su maestro se llamaba D. Anselmo, era un señor alto, muy mayor y muy delgado, con el pelo blanco, debía ser muy buena persona. A mí me correspondió por edad, saber y gobierno el curso 1º. La etapa de Preescolar que se llamó más tarde o de Educación Infantil que se dice ahora, la pasé en la calle, en los patios de mi casa y de la casa de mi abuela y en una casa a la que llamábamos la “miga” o la “amiga” a la que íbamos unos cuantos niños y niñas, cada uno con su silla, y allí pasábamos unas horas.

La primera comunión se hacía entonces con siete años. El día del Corpus, mi maestro, D. Tomás (todos los maestros han unido a su nombre el don ¿será un don divino por aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”?, nos citó a los “primocomulgantes” a las diez de la mañana junto al kiosco de la Plaza del Arenal -todavía sigue allí- y nosotros también seguiríamos si mi madre, cansada de esperar, y viendo que íbamos a perder la misa de once, no me coge, me lleva a la iglesia del Señor de la Puerta Real, me pone en una hilera y me dice ¡hala! a comulgar. Una vez que hube comulgado, con mi traje blanco (pantalón y camisa), fotografía con un niño Jesús cerca de la cara y visita a familiares para recoger las propinas.

En cierta ocasión, mi padre me había dicho: Tienes que pelarte. El maestro (D. Tomás, ya lo he citado) dijo: El que quiera pelarse que pase a los retretes. Para allá me fui y cuando llegué a casa loco de contento por la sorpresa que le iba a dar a mi familia, por lo obediente que había sido, el sorprendido fui yo al ver las caras que pusieron y sobretodo oír las quejas y lamentos de mi padre: A mi hijo lo han pelao como si fuera un criminal (en aquellos tiempos usaban determinado corte de pelo para castigar). Me habían cortado el pelo al cero, menos mal que no me afeitaron la cabeza, pero me la dejaron blanca y muy redonda. Cuando me miré en el espejo no me conocía. No me atrevía a salir a la calle. Me compraron una boina pero no la usé mucho tiempo, enseguida me acostumbré. Además en aquel barrio iban muchos chavales pelados al cero.

En otra ocasión me volví a cortar el pelo al cero, pero esa vez fue de manera voluntaria y consciente. Fuimos mi hermano y yo, ya mozalbetes, a la peluquería para que nos hicieran un corte de pelo normal y alguno de los dos le dijo al otro: A que no tienes… para pelarte al cero. A lo que el otro contestó: ¿Qué no? y salimos los dos de allí mondos y lirondos.

Adaptarnos al nuevo barrio fue difícil. Allí había pandillas ya organizadas muy celosos sus jefes de sus poderes y ellas de sus competencias y, sobretodo, muy exigentes con los nuevos vecinos. Además nosotros, para ellos, éramos niños finos del centro que estábamos invadiendo su barrio. Nos dieron más de una “guantá” y más de una vez tuvimos que salir por pies de situaciones muy comprometidas, hasta que en una ocasión mi hermano se enfrentó con el jefe, al que llamaban “el Chino” que estaba, naturalmente, pelado al cero, fue una gran lucha, se dieron unos cuantos cates y revolcones, ganó mi hermano y yo me sentí la persona más importante de la tierra, tenía un hermano que era capaz de ganar al Chino. Fuimos admitidos en sociedad. Los años cuarenta fueron muy bonitos porque los chavales gozábamos de total libertad pero muy difíciles y, en algunos casos, peligrosos.

Pues entre trompos, pedreas, pídolas, burros (el juego y montarnos en todos los que por allí pasaban) y viajar en la parte trasera de los coches de caballos esquivando latigazos; escapadas a la vía para ver a las estraperlistas que viajaban en el tren de Sanlúcar y tiraban sacos por las ventanillas, idas a la zúa a coger cañas para hacer canutos y para fabricar instrumentos con la que coger higos chumbos fuimos creciendo. En los veranos nos íbamos hasta La Corta, y a Cartuja, para bañarnos y aprender a nadar (la metodología era muy expeditiva: te cogían entre dos o tres y te lanzaban al agua en uno de los lugares donde cubría, lo demás era cosa natural: o salías por tus propios medios o quién sabe lo que hubiera ocurrido). Pasaron unos cuantos años, los suficientes para endurecernos y para que mi madre se diera cuenta de que estábamos todo el día “con los mejores del barrio” haciendo golferías por lo que le planteó a mi padre que tenía que tomar cartas en el asunto.

Las cartas que tomó fueron matricularnos en la Academia Santo Tomás que estaba en la calle San Agustín. El Director-propietario me hizo el examen de ingreso siguiente: – A ver, pon ahí tu nombre. Lo hice, y al mirar la grafía sentenció: — Cuando te mueras escribirás igual de mal. Don Ernesto, se llamaba. No estoy seguro pero me parece que los dos fletes estuvimos juntos, por lo menos un curso. A mi hermano, como ya tenía once o doce años, lo prepararon para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Comercio y aprobó.

No recuerdo cuantos cursos estuve yo en aquel colegio privado en el que había dos o tres maestros: uno para los pequeños, con el que yo estaba, D. Ricardo, que era hijo del que se preocupaba de los mayores, y otro para los que ya estudiaban en el Instituto y necesitaban refuerzo. Un buen día me peleé con alguno de mis compañeros de clase, me empujó, me golpeé con un pupitre en la zona lumbar y al agacharme por el dolor, me volví a golpear con otro, esta vez en la sien, perdí el conocimiento y cuando me desperté, me castigaron “al árbol caido…”. Mi hermana (cuatro años menor que yo) ingresó en el Colegio de la Plaza del Arenal, sección de niñas (entonces los niños y las niñas estaban separados, lo de la coeducación vino después) que estaba en la calle Armas (mismo edificio que el de niños pero distinta entrada, mejores maestras y mejores condiscípulas). El cambio de Colegio nos vino bien, pues ingresamos en otra pandilla más culta que la anterior pero más golfa también.

Con la nueva cuadrilla nos íbamos al Puerto de Santa María, se conoce que Jerez nos quedó pequeño. Los viajes los hacíamos en tren, naturalmente sin billete, o en el camión del padre de unos amigos que se dedicaba al transporte de pescado. El viaje de ida era muy bueno, toda la caja del camión para nosotros, pero en el de vuelta teníamos que compartir el espacio con las cajas de pescado. Algunas veces también fuimos andando por la Trocha.

En verano, a la playa de La Puntilla era a la que iban los veraneantes y los del Puerto, pero nosotros cruzábamos el canal a nado y nos íbamos a la de Valdelagrana donde estábamos completamente solos. En invierno, jugábamos al fútbol en La Puntilla, íbamos al cine, nos peleábamos a pedradas con los chavales del Puerto. Ellos nos insultaban y nos decía que ibamos allí para quitarnos las pelotillas del culo, nosotros les respondian que eran mariquitas y volviamos a casa con cara de haber estado paseando por la calle Larga.

Por aquellos años había un pinar en la playa de La Puntilla, detrás de unas dunas, que tenía camaleones. Yo nunca fui capaz de cazar ninguno pero habia verdaderos especialistas. Era muy bonito y muy curioso observar como cambiaban de color. Cada vez que los ponían en un sitio distinto y qué importantes eran aquellos que los tenían, que envidia despertaban. Es posible que los vendieran, no lo sé, nunca lo pregunté. Aquellas dunas tan altas, ahora son montoncitos de arena y aquel pinar está lleno de casas.

El deporte que hacíamos era jugar al balón con pelotas de trapo y papeles que sujetaban con una red. Alguno de nosotros era muy mañoso y las fabricaba de maravilla. Nuestro campo de fútbol era la calle San Agustín donde únicamente nos molestaba algún coche (uno o dos en toda la mañana o la tarde) y los guardias de la porra que estaban empeñados en que no jugásemos allí, por lo que de cuando en cuando nos hacían redadas y si nos cogían nos daban algún mamporro o algún tirón de orejas, pero las cosas se agravaron. Como aquello nos parecía injusto, decidimos que cuando hubiera redada la romperíamos a la fuerza, por lo que la táctica acordada fue salir huyendo todos por la calle Fate que es bastante estrecha. Naturalmente el guardia que cerraba aquella salida o se quitaba o lo atropellábamos y, afortunadamente para él y para nosotros, ocurría, que se quitaba. Pero no contamos con que los guardias también piensan y decidieron reforzar el flanco más débil, por lo que huyendo un día nos encontramos con tres o cuatro tapando nuestra salida y algunos fueron hechos prisioneros, entre ellos mi hermano que estuvo retenido en el cuartelillo, situado entonces en los bajos del Ayuntamiento, calculo que dos o tres horas. Los demás nos situamos en la acera de enfrente y desde allí veíamos, por una de las ventanas, a un guardia, grande como un demonio, fumando. Cada vez que daba una chupada al cigarro echaba una cantidad de humo tremenda, con lo que la preocupación por la captura de mi hermano pasó a segundo plano: lo importante era ahora calcular cuándo daría la próxima chupada y cuánto humo lanzaría al espacio de aquella habitación enrejada, alumbrada por una bombilla y con vistas a la calle. Naturalmente, nosotros ya fumábamos.

Las pedreas amistosas era otro de nuestros deportes o juegos. Es decir, cuando no teníamos enemigo que echarnos a la cara para apedrearnos con ellos, nos metíamos por el agujero de la taquilla del cine de verano San Agustín y allí convenientemente resguardados de miradas indiscretas (justamente al lado estaba el Cuartel de la Guardia Civil), divididos, en dos bandos y bien parapetados y armados de piedras, trozos de ladrillo, etc. luchábamos entre amigos, pero como si no lo fuésemos, hasta que alguien acababa descalabrado. Esa era la señal para dejar de combatir entre hermanos. Naturalmente estas luchas eran en invierno, cuando no había cine.

Por aquellos tiempos me llegó la hora de dejar el Colegio, ya había cumplido la edad y, según oí tenía que acceder a otro nivel. Mi padre me dijo: ¿qué quieres, estudiar o trabajar? Yo le respondí, que estudiar, lo que suponía hacer el exámen de ingreso en el Instituto de Bachillerato. Al día siguiente, mi padre, me cogió de la mano y me llevó a ver la carpintería de un amigo o conocido suyo, en un lugar oscuro, sucio, desordenado, frío, lleno de serrín pero que olía bien,  a madera serrada. Estuvieron hablando un rato y nos fuimos. Ese mismo día, o al siguiente, hicimos otra visita: fuimos a ver a un señor que era picapleitos, así lo calificó mi padre, La entrevista se celebró en un bar con terraza que había en la Plaza del Arenal, esquina a la calle Corredera (en esa terraza, años más tarde vi, por primera vez en mi vida, a una mujer en short, debía ser americana, por allí pasó medio Jerez). Cuando terminaron de hablar me preguntó mi padre: ¿dónde quieres trabajar, en la carpintería o en el Juzgado? Sin pensarlo mucho y con más miedo que vergüenza le respondí que en el Juzgado.

En el año de 1947, a los 11 de haber nacido, comencé a trabajar. Dichosa libertad, elegí estudiar y me dieron dos opciones: ser carpintero o juez, como más tarde comenzaron a llamarme en el barrio. El Secretario del Juzgado vestía siempre de traje con chaleco, corbata y tirantes; lo de los tirantes lo sé porque alguna vez, para colocarse bien los pantalones, se abría la chaqueta y el chaleco y entonces aparecían los tirantes pero es que además vi que los pantalones se los colocaba muy altos, prácticamente debajo de las tetillas Al finalizar el primer mes de trabajo, D. Hipólito, que así se llamaba, me dijo: toma, tu sueldo y me dio veinticinco pesetas.

Entré a trabajar, naturalmente, como chico para recados. Iba por cafés cuando me lo mandaban al bar Supremo que estaba en la Plaza del Arenal, en la esquina de enfrente. Otro de los recados que hacía era ir a un Estanco que había en la calle Larga, para comprar papel de Pagos al Estado y pólizas. Esta labor supuso que me enterara de que por realizar tu trabajo te podían dar comisión, pues cada vez que iba a dicho establecimiento, las estanqueras que eran dos hermanas, me regalaban un puñado de tabaco negro de picadura. Como yo, igual que todos mis amigos, ya fumaba, siempre tenía tabaco para todos. Entre el tabaco y el dinero de las propinas que me daban Abogados y Procuradores por hacerles recados mi status en la pandilla subió una barbaridad. Aprendí, naturalmente, a liar cigarrillos que es una habilidad que se ha perdido. Si alguien quiere quitarse de fumar que intente aprender a liar cigarrillos.

(Juan,  a su  izquierda su esposa y a su derecha su hermana)

Los Juzgados  estaban entonces, ya lo he dicho, en el mismo edificio que mi primer Colegio, pero con distinta entrada. Me parece recordar que al Colegio se accedía por la Plaza del Arenal y al Juzgado por la calle Armas. En este edificio estuvimos poco tiempo porque con el fin de que todo él pasara a ser Palacio de Justicia y mientras duraron las obras, nos trasladaron a otro de la Alameda Cristina, que había sido Colegio también. Después volvimos de nuevo a la Plaza del Arenal y de esa vuelta quería hablar.

El Palacio de Justicia, me parece que así rezaba un letrero que tenía en el frontis, al que se entraba por la Plaza del Arenal, tenía un patio central con columnas a un lado, alrededor del cual giraba todo el edificio. En la planta baja, estaban los Juzgados Municipales y el Registro Civil y en la primera, a la que se accedía por una escalera en cuyo descansillo estaba un cuadro que representaba el suicidio de Lucano, los de Primera Instancia e Instrucción nº 1 y 2 y la vivienda de un juez. Volvimos sin estar terminadas las obras y mi hermano, al que yo había conseguido colocar en el nº 1, subía de la planta baja a la primera trepando por la  cuerda de la polea instalada para subir materiales.

Hablando de materiales de construcción, un buen día a alguien se le ocurrió que podíamos echar una pedrea los del nº 1 contra los del nº 2. El campo de batalla, una sala que estaban dividiendo en dos por medio de un tabique que se encontraba a media altura, con lo que quedaban perfectamente delimitados los campos: nos veíamos, no podíamos invadir el terreno de los contrarios y aquel medio tabique nos permitía, además escondernos tras él. Las armas, a propuesta de alguien, acordamos que fueran pasteles de merengue. Comenzó la batalla que transcurrió muy igualada, pero la munición se acabó enseguida. Primero echamos mano de algo de pasta que por allí había, después trocitos de ladrillo y por fin medios ladrillos y enteros. El resultado fue que se cayó parte del tabique y como no hubo ni vencedores ni vencidos, todos nos dedicamos al finalizar a recomponer los destrozos. La parte de tabique que repusimos no guardaba ninguna relación con el resto. Al día siguiente los albañiles, después de preguntar que había pasado sin que nadie supiera nada, tuvieron que volver a tirar nuestra obra y colocar los ladrillos debidamente alineados. Conste que entre los luchadores no hubo ni Secretarios ni Jueces.

La calle San Agustín era nuestro espacio, nuestro lugar de convivencia. En ella jugábamos, íbamos al Colegio, vivían algunos de nuestros compañeros de aventuras y hacíamos sufrir a un pobre señor que era un santo varón, al que le tomamos el portal de su casa como lugar de reunión con las consecuencias que se derivan del hecho de que una pandilla se convierta en usuaria de tal habitáculo. Allí hablábamos, gritábamos, fumábamos, escupíamos -naturalmente en el suelo de mármol blanco- y descubrimos que mojando convenientemente las colillas con saliva y lanzándolas al techo con mucha fuerza, para lo que utilizábamos los dedos corazón y pulgar a modo de papirotazo, se quedaban pegadas, a manera de estalactitas. A partir de ese momento nos convertimos en decoradores. Si no fuera una petulancia, diría ahora que nosotros fuimos los que descubrimos esa moderna profesión.

Mi vida de “juez” continuaba. Aprendí a escribir a máquina y llegó un momento que lo hacía como un rayo. No sé cuantas pulsaciones haría por minuto, pero seguro que una barbaridad. Era el asombro de mis compañeros y de mis jefes, tanto es así que dejaron de mandarme a hacer recados y pasé a ser mecanógrafo de la Sección de lo Penal (lo Criminal decíamos nosotros). Escribía las declaraciones de presuntos (que se dice ahora) y de testigos que tomaba el Juez o el Secretario y me dictaban. Se me daba muy bien, también, el cosido de sumarios y demás expedientes: había en el Juzgado bramante, agujas, tijeras, y cada vez que se producía algún nuevo documento que había que unir a sus antecedentes allí estaba yo haciendo mi labor de artesanía. Había distintas formas de coser los papeles, hasta el punto de que, con sólo verlos, distinguíamos los expedientes civiles de los penales.

Se incorporó un nuevo funcionario como Secretario que se hizo cargo directamente de los asuntos civiles y a mí me designó su mecanógrafo. Unos años duró aquella función y como consideré que tenía mucho trabajo y que la remuneración era escasa, pedí aumento de sueldo, me lo negaron y decidí que por aquel dinero no merecía la pena trabajar, así es que me despedí. A los pocos días me llamo para trabajar con él el Secretario del Juzgado nº 1.

Un buen día me afirmé en que yo quería estudiar, pero como no me permitían que dejara de trabajar, compatibilicé el estudio del Bachillerato, como alumno libre, con el trabajo y, naturalmente, seguí jugando en la calle. De aquellos juegos pasé al deporte en el Frente de Juventudes: el balonmano, el atletismo, la natación, el balonvolea -que ahora se llama voleybol- y el baloncesto (a pesar de mis escasos 1,67 mts.) ocuparon mi tiempo libre. Sólo voy a comentar un recuerdo: los 400 mts. lisos fue la prueba de atletismo en la que me clasificaron. Cada vez que participaba en una competición uno de mis rivales era un chaval, rubio que estudiaba en Puerto Real, y me sacaba siempre de ventaja por lo menos 50 ó 100 metros.

Mi padre vendió la casa de Reventón de Quintos, se compró otra en la calle Mariñiguez y allí nos mudamos.

1955 fue un año importante, me permitió cumplir mis proyectos: conseguí ingresar en la Academia Nacional José Antonio de Madrid, centro donde se cursaban los estudios para Profesor de Educación Física; y desde ese año hasta 1958 el estudio fue mi casi exclusiva ocupación (en vacaciones trabajaba en el Juzgado y hacía los cursos de la Milicia Universitaria). Ese mismo año de 1955, fui admitido para opositar a Auxiliar de Justicia pero no me presenté porque ya había elegido ser Profesor de Educación Física. Las prácticas de la Milicia Universitaria, como Alférez las hice en Cádiz durante el verano de 1959. En 1958, en León, comienzo de nuevo a trabajar, pero ahora como Profesor de Educación Física.

(Juan, al recibir el título de Doctor por la Universidad de León)



300. VICENTA GUERRA. Un homenaje más a la poetisa

16 12 2010

La escritora y poetisa jerezana Vicenta Guerra ha vuelto a recibir un más que merecido homenaje. El Ayuntamiento de Jerez, a través del área de Cultura, ha decidido dedicar con su nombre a la Sala Infantil de la Biblioteca Central, coincidiendo con el Día de la Lectura en Andalucía. Con este acto se quiere rendir homenaje a esta escritora jerezana “por el desvelo y la dedicación mostrada a lo largo de toda su carrera para fomentar la lectura entre los más pequeños, así como el cariño con que ha ejercido y ejerce esta labor”, explica el Consistorio.

En este homenaje se destapó una placa para recordar que partir de ahora  la Sala Infantil de la Biblioteca llevará el nombre de esta entrañable escritora jerezana.

Vicenta Guerra Carretero ha colaborado en periódicos y revistas literarias. Es Medalla de Oro en poesía navideña; premio Biografía en 1975 y Ánfora de Plata en 1969, concedidos en Cádiz. También recibió el primer Premio “Carrera Oficial”, de Radio Popular, en la Cuaresma de 1988. Su dedicación a la literatura infantil se ha materializado en tres libros de poesía: Algarabía, Algarabía Musical y, el más reciente, titulado Cascabel.

Pilar Chamorro y Pilar Chico, flanqueando a Vicenta Guerra Carretero, el pasado martes en la Academia de San Dionisio. (Foto: Marco Antonio Velo).

Nuevo reconocimiento

Se trata del segundo reconocimiento que la poeta Vicenta Guerra recibe del Ayuntamiento en poco tiempo. La Casa de las Mujeres le tributó hace unos meses un calido y sentido homenaje a toda su trayectoria literaria, acto enmarcado en una nueva edición de “Salón de Tarde”, espacio de encuentro y promoción de la cultura que se abre periódicamente a todos los públicos.

Vicenta Guerra, bastante sorprendida por el cariñoso homenaje recibido, en el que niños y niñas del Colegio la Granja y El Retiro, interpretaron pasajes de la propia vida de Vicenta Guerra y leyeron versos de la poeta, manifestó que “este día nunca lo olvidaré, siempre va estar en mi mente y mi corazón”, afirmó. A continuación, la poeta leyó dos poemas de cada una de sus obras editadas. El mundo animal, los juegos de patio de los colegios forma parte de la dramatización de Vicenta Guerra. “He hecho libros para que sirvan de unión entre profesores y alumnos, no es una tarea fácil”, precisó. Elisa Constanza Zamora, profesora del IES Santa Isabel de Hungría, y autora de la puesta en escena del homenaje, recordó que Vicenta Guerra “escribe una poesía sencilla pero domina la décima, el cuarteto y el soneto, su plato fuerte”, explicó.

Vicenta Guerra nació en Jerez en 1930, despertando muy pronto su vocación literaria. En 1956 aparecen sus primeras publicaciones en la Hoja del Lunes y Diario de Cádiz. Su primer poema fue publicado en 1960 en el diario Ayer. También fue asidua colaboradora de La Voz del Sur. Obtuvo el premio Ánfora de Plata en el año 1969. Medalla de oro en el “Certamen de Navidad” en 1967. Fue accésit en el “Premio San Juan de la Cruz” en los años 1968 y 1971. Y medalla de plata en la XIV Tertulia Literaria de Educación y Descanso en Cádiz y accésit en la XVI. Ingresó en la Real Academia de San Dionisio, como académica numeraria en 1999. Sus libros son Algarabías. Poemas Infantiles (1973). En el año 2002 publica Cascabel, y recientemente, Erre con Erre (2009).

La poetisa Vicenta Guerra, en El Callejón del Gato.

Una trayectoria brillante

Vicenta Guerra Carretero nace y vive en Jerez de la Frontera, en el barrio de Santiago. En su infancia, dos Colegios religiosos, Dominicas del Beaterio y Carmelitas de la Caridad. Sus estudios, en el Instituto Padre Luís Coloma. Ha colaborado en periódicos y revistas literarias. Es MEDALLA DE ORO en poesía navideña; premio BIOGRAFIA, en 1975 y ÁNFORA DE PLATA, en 1969, concedidos en Cádiz. Primer Premio “CARRERA OFICIAL”, de Radio Popular, en la Cuaresma de 1988.

Tiene en su haber varios Pregones y Exaltaciones poéticas, entre otros, dos dedicados a María Auxiliadora y el Anuncio de la Navidad en el Colegio Salesiano “Lora Tamayo”, de Jerez; el Pregón de las fiestas de Tolox, en Málaga y el de Semana Santa, en San José del Valle. Ha tomado parte en Rondas Poéticas de muchas de las cuales es organizadora. Fue asidua colaboradora en LAS TARDES POÉTICAS DE GRAZALEMA, de los años ochenta, por lo que pertenece a la ORDEN DEL PINSAPO, de dicha localidad e igualmente es miembro del GRUPO MADRIGAL, de Puerto Real. Tres libros publicados de Poesía Infantil: ALGARABÍA y ALGARABÍA MUSICAL, ambos agotados, y recientemente CASCABEL.

Su poesía no es solamente para niños; tiene inédito un libro de tema navideño, otro titulado Ser y Estar, de amplio contenido, y un tercero, Breverías.Su dedicación, hacer que la poesía llegue a los niños y para ello se ocupa de dar recitales por las Escuelas.

(Vicenta en una de sus muchas apariciones públicas)

TEXTO: Susana Padilla



275. ENRIQUE GARCÍA MÁIQUEZ. El microbiólogo humanista.

2 11 2010

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Enrique García Máiquez nació en El Puerto de Santa María el 26 de Abril de 1943, hijo de José García, que era natural de San Fernando, y de Mercedes Máiquez, del Puerto. Es el mayor de sus hermanos José María y Consuelo. Vivió toda su infancia y adolescencia en la misma casa donde nació, en la calle Larga 77 (entonces 79) frente a la plaza Peral. En el portal estaba instalada la antigua panadería Rosado, en la que el propio Enrique despachaba pan antes de irse al colegio y durante todas las vacaciones de verano. Era la gran casa familiar, donde nació también su madre, con tres plantas de altura y una extensión en metros cuadros ahora inimaginable, que terminaba en la calle Curva. De allí salió Enrique para estudiar la carrera de Farmacia en la Universidad de Granada, donde conocería a su mujer Carmen López Llópis, al igual que él futura farmacéutica. Del matrimonio celebrado en 1968 tiene cuatro hijos: Enrique, Nicolás, María y Jaime.

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Imagen tomada en el Colegio de la Pescadería, con 10 años.

De todos estos años y de los que vendrían después ha conservado muchos amigos… del colegio, de la carrera, de la siempre mítica milicia universitaria en Montejaque (Ronda), de cuando fue profesor en la Universidad de Sevilla, de su larga vida profesional en el sector de las bodegas. Sería imposible nombrar aquí uno por uno a todos. Suele recitar los famosos versos de Alfonso X el Sabio que ya –tantas veces repetidos- parecen casi escritos por el mismo :

“Quemad viejos leños,
beber vino añejo,
leer libros viejos,
tener viejos amigos”

egm_hermanos_puertosantamariaESTUDIOS PRIMARIOS Y BACHILLERATO.
Estudió el bachillerato en el colegio de la Pescadería –oficialmente Colegio de San José y San Estanislao- auténtico semillero de posteriores profesionales, debido a su buen hacer con los siempre díscolos, complicados y un poco perdidos alumnos. En el recuerdo los añorados profesores D. Federico Verdi, D. Aureo Sanz, D. Antonio de la Torre, D. David Almorza, D. Eduardo Ballesteros, los sacerdotes hermanos Ruiloba y el inolvidable director D. Miguel Zea que bien merecería tener una calle en nuestra Ciudad. Para Enrique, «Cualquier inspección moderna haría saltar todas las alarmas con respecto al recreo, las clases, los contundentes métodos expeditivos que se utilizaban para mantener la disciplina…; en cambio, la rudeza de una educación exigente, unida al apoyo que los padres daban al profesorado sigue siendo hoy un referente de sabia y buena educación de aquellos alumnos. Los exámenes por libre en Jerez a cuerpo limpio, es decir, en un día había que examinarse de todas las asignaturas y de todo su contenido, método expeditivo de selección natural». (En la imagen, Enrique con sus hermanos José María y Consuelo en la Feria de Ganado de 1949 o 50).

Siempre ha recordado Enrique García Máiquez con extraordinario afecto, la labor de su madre tomándole tarde tras tarde, noche tras noche y años tras año hasta cuarto de bachiller, las lecciones del día siguiente. No es de extrañar que su primer Tesis Doctoral estuviera dedicada precisamente a ella, con esta sencilla y emocionada dedicatoria: “A mi madre, mi primera maestra”. Y su segunda Tesis “A Carmen”.

LOS COMPAÑEROS DE ESTUDIOS.
El Preuniversitario los estudió en Jerez, en el Instituto Padre Luis Coloma, y el Selectivo en Sevilla. Las carreras las estudiaría una de las ciudades más bonita de España: Granada. Años de estudio y juventud compartidos con amigos de El Puerto: Antonio Gil de Reboleño, Alfredo Bootello, José J. Muñoz Manzanera, Antonio Márquez… y su hermano José María. Allí encontraría nuevos amigos en los compañeros de la Facultad, que gusta nombrar como entonces por sus apellidos: Guevara, Nestares, Ramos, Pleguezuelo, Barutel, Martínez…

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Alfredo Bootello Reyes, Fernando Pasage, José Joaquín Muñoz Manzanera, Antonio Gil de Reboleño, en una Feria de Ganado a finales de la década de los cincuenta del siglo pasado.

CONOCE A CARMEN.
Allí conocería a Carmen López Llópis, la que sería su novia y luego esposa. Repite García Máiquez, que repetía Santos Cascallana Canóniga, antiguo director general de la Bodega González-Byass, que «El que triunfa en la vida es quien triunfa en la familia»: ahí, con Carmen y con su familia, es donde siempre Enrique ha sentido su máxima satisfacción personal, y como afirma, «también he sentido más nítidamente la mano paternal de Dios»

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En la fotografía, con los amigos gaditanos: matrimonios Lacave, Acaso, Paredes, Ruiz Tagle y Martinez del Cerro en Regla, Chipiona.

HERMANDAD DE LA FLAGELACIÓN.
«Volver la vista atrás» afirma «es hacer un recuento de melancolías, siempre agridulces, pero éstas hay que hablarlas, hay que escribirlas, hay incluso que cantarlas como hacen en nuestra tierra, pues las lágrimas que caen hacia dentro encharcan el corazón». Salió por primera vez en la Hermandad de la Flagelación de la Iglesia de San Joaquín del Puerto el año 1978, en agradecimiento por la curación de su mujer, y hace poco en el 2010, ha salido por última vez, dándole el relevo simbólico a su nieto. Para Enriqeue «el círculo se cierra pero, como los círculos del agua, se cierran para expandirse, para abrirse de otra forma que acaso no conocíamos, que no imaginamos, que no podríamos imaginar».

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Con su paisano, el poeta universal, Rafael Alberti, en el ingreso de RAM en la Real Academia de San Fernando de Madrid, en 1984.

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La dedicatoria de la fotografía, por Rafael Alberti.

FORMACIÓN ACADÉMICA.
Su formación académica es amplia se puede esquematizar en los siguientes puntos:

  • Doctor en Farmacia (1969) y Dr. en Ciencias Biológicas (1978) ambos por la Universidad de Granada.
  • Diplomado en Sanidad por la Escuela departamental de Cádiz (1981).
  • Master en Dirección Técnica por el Centro Superior de Estudios Empresariales (CESEM) Madrid (1982).
  • Numerosos cursos de perfeccionamiento en Madrid, Sevilla, Barcelona, Granada, Salamanca Montpeliere… y sobre técnicas tan diversas como cromatografía de gases, espectrofotometría, análisis microbiológico, fermentaciones industriales, etc.
  • Asistente académico del programa de Alta Dirección Empresa Cadena Agroalimentaria (ADECA) del Instituto Internacional San Telmo de Sevilla (2007).
  • Director de Estudio del Programa Intensivo de Dirección de Empresa (PIDE) en el I.I. San Telmo de Sevilla (2006-07).

universidadgranadaPROFESOR UNIVERSITARIO EN GRANADA Y SEVILLA.
La experiencia laboral del Dr. García Máiquez, al igual que su formación es amplia y se inicia en la Universidad de Granada primero como Profesor Ayudante de Clases Prácticas de Microbiología en el curso 1966-67 y en el siguiente obtiene por concurso oposición la plaza de Prof. Adjunto de Microbiología de la Univ. de Sevilla en la Facultad de Ciencias Biológicas. Parece ser que fue el Profesor Adjunto más joven de España en aquella época. También fue Profesor Adjunto de Biología en la misma Facultad, y con unas perspectivas de ser Catedrático de Microbiología en pocos años, abandona la Universidad para integrarse en un grupo de investigación privada en el campo de la Enología a través de la empresa González Byass de Jerez, decisión que no le debió resultar fácil. (En la imagen de la izquierda, escudo de la Universidad de Granada).

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En González Byass en el fundacional cuarto de muestras de la bodega de Jerez.

DIRECTOR DE I+D EN GONZÁLEZ BYASS.
Inicia su labor en el campo de la Microbiología Enológica, poco desarrollada en esas fechas siendo en 1985 nombrado Director de I+D de la bodejga jerezana González Byass, cargo que le permite dirigir a una magnífico grupo de profesionales, con innovaciones en procedimientos técnicos, nuevas tecnologías, mejoras productivas, obtención de patentes propias, publicaciones de numerosos trabajos de investigación en revistas nacionales y extranjeras, conferencias en universidades, seminarios, mesas redondas, dentro y fuera de España donde se le reconoce como uno de los grandes expertos en levaduras de “flor”. Tiene escrito un capítulo de su especialidad en el libro “Application à l’oenologie des progrès récents en microbiologie et en fermentation” Paris 1988

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TESIS Y CURSOS ESPECIALIZADOS.
Director de seis Tesis Doctorales y por su especialización ha sido requerido como miembro de Tribunal para juzgar otras tantas tesis doctorales. Profesor del Master de Tratamientos de Residuos, impartidos en la Universidad Internacional de Andalucía en su sede de Baeza (Jaén).
Profesor en numerosos cursos especializados: Facultad de Medicina de la Universdad Autónoma de Madrid (1978 y 1980); Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Barcelona (1993); Universidad Internacional de Andalucía Baeza (1997, 1998, 2001).
Ha impartido curso de tercer ciclo de Doctorado en la Universidad de Sevilla; de Climas Cálidos. Colaborador honorario adscrito al Departamento de Química Agrícola de la Universidad de Sevilla de 1997 al 2004.

logo_aifSABIO MICROBIÓLOGO.
El presidente de la Academia Iberoamericana de Farmacia lo calificó como «uno de los mas sabios microbiólogos enólogo de nuestro país». Desde 1992 y hasta 2003, año en el que cumple sesenta años, fue Director de la División Técnica de González Byass que agrupaba a las Direcciones de Producción, Viñas, Embotellados, Logística y Compras. (En la imagen de la izquierda, escudo de la Academia Iberoamericana de Farmacia).

ORGANIZACIONES EMPRESARIALES.
Miembro fundador, en representación de González Byass, de la Fundación Española de la Nutrición (FEN) en Madrid (1984). Secretario Nacional del grupo especializado de Micología de la Sociedad Española de Microbiología. Vocal electo en los Consejos Reguladores de las Denominaciones de Origen Jerez-Xérès-Sherry y Manzanilla de Sanlúcar (1997). Del Brandy de Jerez (2001). Del Vinagre de Jerez como vocal fundador (1992).

DIRECTIVO DE EMPRESAS.
Fue Consejero en las siguientes empresas:

  • Castell de Vilarnau S.A. ( Cava) desde 1985 al 2003
  • Bodegas Beronia S.A. (Rioja) 1995-2003
  • Bodega Croft Jerez 2001-2003
  • Alcoholera de Chinchón/Celidesa. (Anís Chinchón). Desde 1988-2003
  • Presidente ejecutivo de Alcoholera de la Mancha (ALSA) y Vinícola Alcoholera Manchega (VAMSA) desde 1991 al 2003.

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Lectura del discurso de ingreso en la Real Academia Nacional de Farmacia en Madrid 1997.

LAS ACADEMIAS.
Al mismo tiempo compatibilizó la actividad profesional con la humanística perteneciendo a varias academias y de destacar su presencia en la Real Academia Nacional de Farmacia, único gaditano en dicha institución, anteriormente lo era Lora Tamayo, y en la que solo están seis andaluces: cuatro catedráticos de la Facultad de Granada y uno de la de Sevilla. A modo de resumen podemos recordar sus ingresos y discursos:
Académico de número de la de Bellas Artes de Santa Cecilia del Puerto de Santa María con “Goya y el jerez” (1986) contestado por Rafael Manzano.
Académico correspondiente de la Real Academia Nacional de Farmacia con “El jerez entre la tradición y la tecnología” (1997) contestado por el profesor Gregorio Varela.
Académico de la Iberoamericana de Farmacia de Granada-Sevilla con “Los vinos de ida y vuelta” (2004) contestado por el Profeso Alberto Ramos Santana.

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En su casa, cenando entre el pintor Juan Lara y el poeta universal Rafael Alberti.

ACADEMIA SANTA CECILIA.
El haber estado en dos ocasiones al frente de Junta Gestoras de la Academia Santa Cecilia y ser académico de la misma desde la constitución del Cuerpo de Académicos, le ha llevado a proponer a distintos Ayuntamientos que la Academia sea órgano consultivo para gestiones relacionada con el patrimonio y urbanismo local, asesoramiento totalmente gratuito y por personas expertas pero, afirma «nunca se ha tenido en cuenta, porque ya se sabe lo que quieren los políticos».

Ha contestado numerosos discursos de ingreso en la Academia de Bellas Artes. Santa Cecilia, entre otros a Carmen Garrido, Rafael Manzano, Juan Lara, Javier Maldonado, Alfonso Pérez Moreno, el Dr. Argemi…..

Actualmente, y desde su creación, forma parte del jurado que concede el Premio de Invención e Investigación Química Aplicada Prof. Martínez Moreno de la Univ. de Sevilla; y preside el comité de asesoramiento de la Asociación portuense Rocalla.

egm_pesca_puertosantamariaAFICIONES
Entre sus aficiones está la lectura, visitar exposiciones de pintura, escribir en la prensa y pescar, pescar sobre deportes como el paddel, el golf, el tenis. Con catorce años ya iba al puente del tren y al de San Alejandro y por detrás del molino a pescar en el Guadalete, con una antigua caña de madera que aún conserva regalo de su padre. Aunque ha cambiado el lugar de pesca, han ido modernizándose las cañas, los anzuelos y los barcos, la afición la mantiene intacta, y la ha heredado con igual entusiasmo su único hijo farmacéutico, Nicolás, y su único nieto varón, Nikito. (En la imagen, pesca de una corvina de 36 kg. en aguas de la bahia con Alejandro Hiniesta en 2005).





274. IGNACIO GAZTELU PASTOR. Canónigo y Rector del Seminario.

5 10 2010

ignaciogaztelupastor_puertosantamariaIgnacio Gaztelu Pastor nace en El Puerto el 16 de febrero de 1963. Sus padres, ambos ya fallecidos, fueron Ignacio Gaztelu Díaz (1929-1995) y Mª Teresa Pastor Nimo (1933-2007) nacidos en El Puerto y casados en la capilla de la Patrona de la Iglesia Mayor Prioral de nuestra ciudad. Tuvieron dos hijos Ignacio y un hermano menor, José Ramón nacido en 1967.

Aunque sea un poco lúgubre recordarlo, el año 1963 es señalado por las personas que fallecieron durante esos doce meses: el papa Juan XXIII, el presidente de los EE. UU. John F. Kennedy, asesinado en Dallas, la cantante francesa Edith Piaff, el pintor también francés Georges Braque, el poeta español Luis Cernuda o el novelista británico Aldous Huxley entre otros.

Como datos positivo, añadiremos que 1963 fue el año en que se firmó el Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares entre EE. UU. y la URSS, el año en el que por primera vez una mujer tripula un satélite espacial, la cosmonauta soviética Valentina Tereshkova. Finalmente en agosto de ese año tuvo lugar en Washington D. C. la famosa manifestación por los Derechos Civiles encabezada por Martin Luther King y en la que pronunció su celebre discurso I have a dream (Tengo un sueño) y ese mismo fue fundada en Etiopía la Organización de la Unidad Africana.

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Matrimonio con Velaciones de los padres de Ignacio, en 1959. Com curiosidad, antes se exigía dicha Velación para entrar en el Seminario.

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Cumpleaños de Ignacio en 1966 –cinco–, en la que aparecen sus padres, abuelos, su hermano José Ramón y algunos de sus primos de ambas partes.

ignaciogaztelu-ninio_puertoasantamariaDurante toda su infancia Ignacio vivió en la porteña calle Larga, 63 a la altura de la Plaza Peral enfrente de la actual Delegación de Hacienda que entonces era la casa de su abuela paterna, Victoriana Díaz Molleda. Estudió en el desaparecido Asilo de las Hijas de la Caridad que existía en la calle Cielos, luego en el Colegio de La Salle—Santa Natalia y finalmente con los jesuitas en el Colegio de San Luis Gonzaga.

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Ignacio, segundo por la izquierda de la segunda fila desde arriba. La foto está tomada en el patio del Colegio La Salle, con Don Eusebio y toda la clase de Primero de EGB, en 1968.

LICENCIADO EN VETERINARIA.
Nacido en una familia profundamente religiosa su infancia transcurrió toda ella en El Puerto, rodeado de sus muchísimos primos, cerca de cuarenta contando las dos ramas. Desde pequeño gustaba de la lectura, del cine: entonces se iba casi todas las semanas y especialmente en tiempo de vacaciones a los muchísimos cines de verano que había en El Puerto; los viajes a los que su padre era muy aficionado y que le llevó a recorrer toda España y a disfrutar de la geografía, la historia o el arte.

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En la Playa de la Puntilla delante de la caseta familiar. Ignacio, con gafas de bucear, que era una de sus grandes aficiones, para en este caso estudiar a los animales marinos. Año 1971.

Otra de sus aficiones fue el campo y, especialmente la zoología, el conocimiento de los animales que, con el tiempo le llevaría a estudiar en Córdoba la carrera de Veterinaria.

Así, después de terminar la carrera que tanto le apasionaba y que, sin embargo nunca llegaría a ejercer, después de mucho tiempo reflexionando --discerniendo– junto con el entonces Obispo Rafael Bellido Caro y del párroco de San Marcos de Jerez y entonces Director Espiritual del Seminario Carlos González García—Mier entendió cual era su verdadera vocación: curar sí, pero no animales sino ánimas.

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Ignacio, en la Embajada de España en Roma, acompañando al Coro de San Francisco dirigido por Millán Alegre, que aparece a la derecha de la imagen, en 1997.

DOCTORADO EN TEOLOGÍA
Terminado el Bachillerato se trasladó a Córdoba donde, tras obtener la Licenciatura en Veterinaria, ingresó en el Seminario de Jerez viviendo allí mismo el primer año, los dos siguientes en Sevilla y los tres últimos en Salamanca donde obtuvo el título de Bachiller en Teología en la Universidad Pontificia salmantina.

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En Gredos, con alumnos y profesores de la Universidad Pontificia de Salamanca. Ignacio, con una camiseta a rayas en primer término. El señor mayor es el famoso teólogo Olegario González de Cardenal. Año 1996.

Continuó sus estudios en Roma donde obtuvo primero la Licenciatura y luego el Doctorado en Teología Dogmática por la Universidad Pontificia Gregoriana, sumarían cuatro años en la capital de Italia.

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Saludando a S.S. el Papa Juan Pablo II, después de haberle asistido en una celebración eucarística en la Basílica de San Pedro de Roma, en 1997.

Allí tendrá la oportunidad, «única e inolvidable», recuerda, de visitar al Papa Juan Pablo II como secretario en la visita ad limina del Obispo jerezano Bellido Caro y, posteriormente, todavía como diácono de asistir al Papa en una Eucaristía de beatificaciones en la Basílica de San Pedro.

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Ordenación sacerdotal por Monseñor Bellido, en la Prioral, en 1998.

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Fue la primera vez que el templo portuense acogía una ceremonia de este tipo de la Diócesis de Asidonia-Jerez, con asistencia del clero de la diócesis.

ORDENADO SACERDOTE.
Durante ese tiempo recibió la ordenación sacerdotal el día 12 de octubre de 1998 por Rafael Bellido Caro, primer Obispo de la Diócesis de Asidonia—Jerez en la Iglesia Mayor Prioral del El Puerto de Santa María, justo el mismo día en que el entonces párroco Manuel Sánchez Mallou fallecía. Fue la primera vez que el primer templo portuense acogía una ordenación sacerdotal. Durante un breve tiempo, sólo dos años, fue enviado como párroco a Guadalcacín,

El segundo Obispo de Jerez, Juan del Río Martín lo nombra primero Vicerrector y luego –desde 2005– Rector del Seminario de Jerez. Recientemente, este último curso, el tercer Obispo de Jerez, José Mazuelos Pérez lo ha nombrado Canónigo Magistral de la Catedral de Nuestro Señor San Salvador de Jerez de la Frontera.

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El 15 de mayo de 2010 Ignacio, cuarto por la izquierda, tomó posesión como Canónigo Magistral de la Catedral de Jerez, siendo su padrino Domingo Gil.

Después de haberlo hecho en el Centro de Estudios Teológicos de Sevilla, actualmente imparte clases en asignaturas de Teología Dogmática en el Instituto de Ciencias Religiosas Asidonense y el Instituto Teológico San Juan de Ávila de Jerez de la Frontera.

Tras los años de Salamanca y Roma, ricos en momentos de fe religiosa y cargados de oportunidades en el conocimientos de personas y de experiencias culturales, vino la luna de miel como sacerdote en la parroquia de Guadalcacín. Años de aprender, inolvidables pero cortos antes de ser llamado al Seminario para una responsabilidad tan alta como la de formar a los futuros sacerdotes al servicio de la Iglesia y de los hombres. Todo un privilegio inmerecido «que considero un regalo del Señor» donde sigue ejerciendo su ministerio como sacerdote.



270. COLEGIO DE JESÚS MARÍA. ‘El Cuco’

10 09 2010

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Alumnas del Colegio de Jesús María (El Cuco), mediada la década de los cincuenta del siglo pasado.



264. ALUMNOS DE LA ESCUELA DE TURISMO.

23 08 2010

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Alumnos de tercero de Turismo (Técnicos de Empresas y Actividades Turísticas. TEAT), del año …

Isabel Morillo, Ines Zarzuela, Inma Cejas, Ana Blanca Jimenez, Alberto Blanca Retamero, Carolina Martinez Sanchez, Encarna Aparicio, Sergio, Nona Bernal, Mercedes Penco, Juan Carlos Carmona, Carlos, Fátima Blanco, Mamen Baizan, Leticia Casanova Accame, Domingo,  Oscar Mateos , …



255. ISABEL ORTUÑO GÓMEZ. Pintora comprometida.

28 06 2010

isabelortunogomez_gentede_jerezIsabel Ortuño Gómez nace en Antequera (Málaga) en 1953. Empieza a pintar de forma autodidacta en 1984.

En los años 1985 y 1986, se seleccionan sus obras en el “XXVI y XXVII Certamen Nacional de Pintura” organizado por la Caja de Ahorros de Jerez.

En 1995 realiza su primera exposición individual de óleos y acuarelas en la Sala de Exposiciones de Unicaja en Jerez. Desde 1996 pertenece a la Agrupación de Acuarelistas de Andalucía, participando en exposiciones colectivas  así como en diferentes certámenes  que la agrupación organiza, a nivel nacional e internacional.

En 2001 realiza la segunda exposición individual en la Sala de Exposiciones  “UNICAJA” de Jerez. En  noviembre de 2006 realiza la tercera exposición individual en la sala “Tío Pepe” de González Byass, con el título “De Jerez a Sancti-Petri”, donde se incluyen  rincones de Jerez y marinas, así como distintas técnicas (óleo sobre lino, tabla; acuarelas; pastel…)

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“San Dionisio” Acuarela sobre papel.

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“Palacio del Recreo de las Cadenas”. Óleo sobre lienzo.

Desde 2005 coordina el Grupo de Trabajo ‘El dibujo y las Manualidades como recurso didáctico: Creatividad y Confianza Artística’, del Centro del Profesorado de Jerez. Expuso ese año también en la Central de Correos, en la exposición pictórica organizada por Madre Coraje para recaudar fondos para los proyectos que mantiene en zonas como Perú.

Mantiene un blog: isabelortuno.blogspot.com



252. JOSÉ IGNACIO FRANCO. Guitarrista flamenco y creador del himno del ascenso del Xerez C.D.

23 06 2010

El joven José Ignacio Franco es un guitarrista jerezano que, a sus 32 años, ya tiene una gran trayectoria profesional y que además lo avala como una de las grandes promesas del flamenco. Desde que tenía 12 años, cuando empezó a tocar la guitarra en la academia de Manuel Lozano El Carbonero y José Luis Pelao, comenzó a codearse con los más grandes de este arte. A los dos o tres años de entonar sus primeros acordes en la academia, acompañó a artistas de la talla de Paco Cepero o El Capullo.

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El Carbonero “me presentó en la peña La Bulería, y ya después empezaron a llamarme para actuar con Ezequiel Benítez, Melchora Ortega, Juan Zarzuela…”, cuenta. Y es que José Ignacio Franco es un apasionado de todo tipo de música, pero, como jerezano de pro, es la bulería la que más le gusta y donde más cómodo se encuentra, aunque también con la soleá. “Pero, claro, nosotros estamos escuchando este compás desde pequeños y es más fácil encontrarse cómodo en el compás de la tierra“, explica.

Hace poco más de tres años salió a la venta el disco Abolengo que ha grabado junto a Paco Cepero, y “soy la segunda guitarra del disco“. Pero no es el único disco en el que ha trabajado José Ignacio, ya que colaboró con anterioridad en un trabajo con Juan Zarzuela, en el que los dos artistas interpretaron más de veinte palos diferentes del flamenco. 

Este joven guitarrista ha tenido un gran calendario de actuaciones. Y es que el pasado ha actuado en la Feria de Utrera con un cuadro flamenco jerezano compuesto por Juan Zarzuela, José Méndez y Kina Méndez, entre otros.

zambo

José Ignacio Franco también ha triunfado en su ciudad. Y es que hace algo más de dos años actuó por primera vez en la Fiesta de la Bulería donde acompañó a las Mujeres del Tío José de Paula, lo que fue “un orgullo para mí porque es el festival más importante del flamenco de la ciudad“. Así como, días antes actuó ante los jerezanos en la Pisa de la Uva. .

Durante la promoción de Abolengo realizó una gira junto a Paco Cepero, con el que fue “a diferentes programas de televisión como el de María Jiménez o María el Monte“, aclara. Y además de tocar como no muchos pueden hacerlo, da clases de guitarra, cante y baile en su academia.

José Ignacio Franco ha traspasado todas las fronteras españolas y ha actuado en importantes festivales internacionales de música en Alemania y Brasil. Y, cómo no, también ha dejado perplejo con su arte a Japón, donde estuvo dos meses. “En Japón viven el flamenco de una manera increíble, tuvimos mucho éxito con dos funciones cada día y siempre con lleno absoluto“, explica José Ignacio. Los japoneses disfrutan con el flamenco, pero es que también lo entienden perfectamente y lo sienten, e incluso “he llegado a ver a una japonesa llorar escuchando flamenco, y eso es porque le transmite” y, por sorprendente que parezca, “son unos apasionados del flamenco puro, del más tradicional“.

José Ignacio cuenta que recuerda que la primera vez que actuó con El Capullo “fue un orgullo; yo lo escuchaba en las cintas de casette, y un día me vio actuar en una verbena de Las Viñas, al terminar me llamó y a los dos o tres días lo acompañé con la guitarra en su actuación”. Durante algunos años estuvo con él, y actuó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, en Gijón y Zamora.

Igual le pasó con Paco Cepero, que también “le escuchaba desde que era pequeño e ir con él fue para mí una alegría muy grande”. La primera vez que actuó con Cepero fue en la celebración de las Fiestas de Otoño, que le falló un guitarrista y “en dos semanas tuve que prepararme el espectáculo, estuve encerrado en casa sin salir”. Con Paco Cepero ha actuado en el Teatro de la Maestranza en la Bienal de Flamenco, en el Teatro Albéniz de Madrid y “hasta en la boda de Jean Renoir, porque le encanta el flamenco, y estuvimos allí con él”, recuerda.

Recientemente ha actuado con Luis El Zambo, sabedor de la profundidad de su toque y de sus conceptos para el acompañamiento de los estilos más puros del flamenco. Y con motivo del ascenso a primera división del Xerez C.D. creó el himno del ascenso que todos los jerezanos tarareaban.