376. Pepe Mata, en el recuerdo

22 10 2012

Eran las dos aproximadamente del medio día. Cerraba mi ordenador para irme a casa, cuando advertí en el Facebook una noticia que publicaba el celebre auriga, varias veces campeón de España de enganches, también Caballo de Oro, Juan Robles Marchena y que al leerlo me produjo escalofríos. Decía esto: “Día triste para el mundo del Enganche. Me acaban de comunicar que ha fallecido esta mañana Pepe Mata en Jerez de la Frontera. Un día muy difícil para mí, que cuando era un niño me recogió en su casa de Jerez como a uno más de la familia. Con el me hice persona, mozo y cochero. Por mucho que busque no encontraría palabras de agradecimiento hacia el, su mujer y toda su familia que siento como mía. Descanse en paz MI AMIGO, MI MAESTRO y como yo digo, MI SEGUNDO PADRE”

José Mata Aparicio, Pepe Mata, es una persona sobradamente conocida para el pueblo de Jerez. Durante años nos deleitó guiando los caballos de varias casas señoriales desde los pescantes de breaks, sociables, carrozas, etc. Su familia son de tradición cocheros. Su padre también lo fue. Nunca hizo otra cosa que domar caballos, montar a caballo, guiar coches. El servicio militar lo realizó en Caballería, en el 2º Deposito de Sementales de Jerez y cuando lo terminó se ofreció de cochero con D. ª Petra de la Riva, viuda de D. José Núñez de Villavicencio. Una señora hoy olvidada que fue una importante personalidad en los coches de caballos que incluso ella guiaba. Su hijo Pedro Domecq de la Riva fue Caballo de Oro en 1968 y se lo brindó a su madre, D. ª Petra. Siendo muy joven, por su pericia fue mayoral en esta importante cochera jerezana. Mas adelante, al fallecer la referida señora, pasó a prestar sus servicios con su hijo Pedro donde estuvo hasta el fallecimiento del mismo.

La Real Escuela, siendo su mentor Álvaro Domecq Romero, compró íntegramente la cochera y el guadarnés de Pedro Domecq de la Riva, incluso su ganadería de caballos, pasando Pepe Mata a prestar sus servicios en la Real Escuela hasta su jubilación. Eso evitó su dispersión.

En cierta ocasión escribí estas alabanzas de mi amigo Pepe Mata y que reproduzco pues expresan mi admiración por el:

“En el año 1975, el noveno Caballo de Oro es entregado a Don José Mata Aparicio, el que fue Mayoral de la Ilma. Sra. Doña Petra de la Riva, Viuda del Ilmo. Sr. D. José Domecq Núñez de Villavicencio. Cuantas cosas se podrían decir de mi admirado Pepe Mata. Se me agolpan. Es el arte y la gracia en el pescante de un coche de caballos. El cuerpo adelantado. Los brazos estirados si exagerar. El sombrero de ala ancha o calañes terciado. ¡Como sonaba su tralla en el aire de las calles de Jerez para que los caballos tratasen airosos! Aquellos caballos castaños de la Casa de Doña Petra o de Domecq de la Riva, puros españoles o cruzados de pura sangre criados en el Cortijo de Casarejo”

En el pescante de los coches de Pedro Domecq de la Riva derrochó su arte en los más diversos lugares del mundo proclamando jerezanía. Desde las ferias de Sevilla y Jerez hasta Windsor en el Reino Unido, Viena, Francia, pasando por Madrid, Portugal y muchos otros lugares. Tuvo el honor de guiar la carretela que condujo al altar a S.A.R. la Infanta D. ª Elena en Sevilla. La preciosa carretela que se exhibe en el Museo de Coches de Caballos de Jerez y que perteneció a Juan Pedro Aladro, Príncipe de Kastriota y que se guardaba en las cocheras de la Casa Palacio de los Domecq (antes del Marques de Montana) en la Alameda Cristina jerezana. Pasan por mis húmedos ojos aquel carrusel de coches de caballos en la Plaza Rivero en días de Feria. Cuando estrenaste traje, sociable y borlajes blancos en la boda de Sofía Domecq. Días tristes como aquel del funeral de D. Pedro, en el cual, Álvaro tu tuvisteis la delicadeza de enganchar varios coches que acompañaron al cortejo hasta San Marcos. Tú de luto y corazón roto. Días de vinos, días de rosas. Por la misma senda el dolor y la alegría.

Con su partida desparece un trozo importante del Jerez castizo. De un Jerez que ha sido devorado por la modernidad. Donde los coches de caballos atronaban por las calles empedradas con sus llantas de hierro y las herraduras de los caballos. Un jerez romántico, bodeguero y campero en el cual había prosperidad. Donde la ciudad se fundía con las viñas y los campos que la circundaba. Coches de caballos, carros eran la única forma de transporte que cedían paso al automóvil que se imponía. Pepe Mata podía contar y me las contaba, muchas cosas de aquel Jerez. De sus cocheras, sus ferias, de sus gentes. De los grandes señores y de la gente sencilla. Era un “señor” arriba en el pescante y en el trato de persona a persona. Derrochaba clase y educación. Su pasión eran sus caballos, sus enganches y por supuesto, como no, su familia a la cual le dejó prendida su afición al enganche.

Descansa en paz admirado amigo. Recordaremos tu arte y tu bonhomía. Siempre que suenen cascabeles de una calesera en Jerez será un homenaje a Pepe Mata; siempre que una media potencia de jacas jerezanas, bien almohazadas, con las guarniciones relucientes y sus cascabeles limpios, oliendo a almendras amargas, zotal, grasa de cascos David, nuestra imaginación volará hacia las alturas y entornaremos los ojos para recordarte poderoso y flamenco, con tu sombrero bien ladeado, en el pescante de un “Peter”, manojo de riendas y tralla cruzada ¡Que bien la hacías sonar! ¡Con que arte la recogías, liándola a la vara hasta la rabiza!

Me gustaría despedirme con los insuperables versos que escribió el extinto poeta Sanluqueño, Antonio de León Manjón para Doña Petra y en el que describe fantásticamente tu pasión y oficio:

Cuatro enganches esperan
Que bajara Doña Petra.
Rivero la esta mirando,
Bronce ya su estatua eterna.
Panales y berrocal,
Calañeses y chaquetas
De terciopelo bordadas
Color aceituna nueva.

Blanca la media y botines
Abiertos a media pierna,
Fajas de vivos colores,
Pañuelos azul turquesa,
Y echada sobre el pescante
Junto al manojo de riendas
Con el hierro de la casa
Una manta blanquinegra.

Mata y Bartolo vestidos
Con levitas y chisteras,
Chalecos color corinto
Azules las escarapelas
Los cuellos almidonados
Y botas color almendra.
(A Perico le avisaron
Que bajaba Doña Petra…..

Doña Petra ya se iba
Con sus hijos a la Feria.
Al pasar por capuchinos,
¡Jerez levantó Bandera!
Aromas de mosto y vino
Cantaban por las bodegas
Entre alegres bulerias
Y coplillas seguiriyeras….

TEXTO E IMAGEN: FELIPE MORENÉS



367. Premio Asecan al compositor jerezano Julio de la Rosa

10 01 2012
 
Julio de la Rosa (Jerez de la Frontera, 1972) se dio a conocer como cantante y guitarrista del grupo El Hombre Burbuja (de 1995 a 2002) y posteriormente ha desarrollado su carrera musical en solitario, aunque manteniendo en paralelo otros proyectos dentro de la música pop-rock. 
En cine, ha compuesto la banda sonora de numerosas películas, como por ejemplo Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde), Carne de neón (Paco Cabezas) o After (Alberto Rodríguez). Por esta última, ya estuvo nominado en los Premios ASECAN 2010, galardón que ahora consigue por la música de Primos, su primera colaboración con el director Daniel Sánchez Arévalo.


357.UNA CALLE PARA EL DR. MANUEL BLANCAS

19 09 2011

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Imagen : El Dr. Manuel Blancas en el centro de la imagen, con abrigo oscuro

La Asociación Cultural jerezana Cine-Club Popular, ha solicitado al Ayuntamiento de Jerez la designación de un vial público en homenaje al Dr. argentino de origen jerezano, Manuel Blancas, considerado el padre de la pediatría en Argentina.

Manuel Blancas nació en Jerez el 1 de enero de 1823, marchando muy joven a Montevideo, quedando huérfano de padre al poco tiempo, y realizándo en ese país sus primeros estudios. Instalado en En Buenos Aires ingresa, en 1848, en la Facultad de Medicina,licenciándose en 1854, ejerciendo de practicante en el Hospital de Mujeres entre 1852 y 1854.En 1856, el Dr. Blancas, es designado director de la Casa de Niños Expósitos y poco después médico de policia, cargo que ocupará durante 38 años.

Durante el terremoto de 1861, que afectó la ciudad de Mendonza, el gobernador de Buenos Aires le designó para estudiar los efectos ocasionados en dicha zona. Por otra parte, se destacó en la asistencia de pacientes afectados por las epidemias  de Cólera de 1867 y de Fiebre Amarilla de 1871 en Buenos Aires, así como en la atención a los heridos de la Guerra del Paraguay repatriados a Buenos Aires.

Igualmente fue miembro de la Academia Argentina de Medicina y médico de Tribunales.

En 1883  se crea la Cátedra de Medicina Infantil  en la Facultad de Medicina de Buenos, designándose al  Dr. Blancas su primer profesor, por lo que se considera el fundador de la pediatria en Argentina, habiendo ejercido con anterioridad, y durante varios años, como profesor suplente de Medicina Legal.

Manuel Blancas, que fallecería el 7 de agosto de 1906, casó con la uruguaya, Carmen Vargas, con la que tuvo a su hijo Alberto Blancas y Vargas (1859-1937), también médico pero que que ejerció como diplomático en varios destinos como Chile, Bélgica y la Santa Sede.

TEXTO Y FOTO:  José Luis Jiménez



356. MARÍA DEL CARMEN PUJOL. Empresaria y asesora dietética

7 09 2011

“Hay que cambiar la palabra dieta por alimentación sana”

Nadie como ella conoce los entresijos de las dietas. Esta jerezana, de 38 años, es una joven y valiente empresaria que hace ya cuatro años hizo realidad uno de sus sueños. Enseñar a los demás a comer, y a hacerlo bien. “Desde pequeña comencé a probar muchos tipos de dietas y de forma causal, porque nunca encontraba el momento, en 2008 me decidí a poner en marcha mi propio negocio dedicado a la nutrición y a la dietética”, señala con una sonrisa radiante en su rostro…

Por su negocio,  Naturhouse de la Avenida de Arcos, han pasado durante este tiempo más de 2.000 personas, lo que da fe de la importancia que para los jerezanos y jerezanas de todas las condiciones y clases sociales representa su aspecto físico hoy por  hoy, y que condiciona notablemente su integración plena en la sociedad.

 Mamen, como la conocen sus amigos, reconoce que la mejor publicidad para el emprendedor es el “boca a boca”; pese a que ganar su actual cartera de clientes “cuando eres mujer, casada y con hijos es complicado, por lo de compaginar la vida laboral y familiar, donde aún se estira mucho el machismo”, asegura.

Define su profesión como “gratificante” por “ver cómo entran las personas aquí y cómo salen”. “Porque- añade- no se trata de quitarse cinco kilos de más, como ahora después del verano; se trata de una cuestión de salud”.

En su local se atienden todo tipo de trastornos alimentarios, tanto en personas mayores, parejas como niños. “Ahora es el hombre el que se cuida más y no espera a tener sobrepeso excesivo”, dice.

Su filosofía vital y empresarial tiene por objetivo “cambiar la mentalidad: hay que sustituir de nuestro diccionario personal la palabra dieta por alimentación sana”. Carmen Puyol trabaja cada día por la “reeducación alimentaria”; cosa harto difícil como ella misma reconoce cuando como ocurre en nuestra cultura andaluza “todo, absolutamente todo lo celebramos comiendo”. De ahí los actuales índices de obesidad, principalmente motivado por el estrés y la falta de tiempo que “muchas veces nos obliga a comprar platos rápidos ya preparados, etc.…”.

En este sentido nuestra protagonista aboga por el papel fundamental de los abuelos, a la hora de asesorarles a la hora de dar de comer a nuestros hijos e hijas: “Equivocadamente se piensa que mientras más coman mejor y no es así, los niños, igual que en los bebés, deben sólo lo que su organismo necesita”, señala mientras gesticula con las manos.

“Con la autoestima- prosigue- pasa igual, cuando se ven gordos/as a estas personas se les estigmatiza y se abandonan, abandonan el cuidado por la apariencia personaly por arreglarse; un circulo vicioso cuyos factores o causas más influyentes se encuentran en nuestro modelo social”.

Insiste por último en que el vocablo “dieta” es del pasado; ahora hay que hablar de “alimentación sana”. Cabe desmitificar que “la persona que hace dieta, debe pasar hambre, y no es así”.Con Carmen seguro que estarán en buenas manos… Ya reza el dicho “mens sana in corpore sano”.



353. Investigando la comunicación social

26 07 2011

Un investigador jerezano publica el primer inventario bibliográfico de la comunicación social en Andalucía

Hablar de Historia Contemporánea es vincular protagonistas, hechos y dinámicas indisolublemente al mundo de los medios de comunicación. Es más, como acierta a decir el autor de este trabajo, «no existe acontecimiento contemporáneo que pueda ser interpretado con plenitud y seriedad si no se analiza su gestación, desarrollo y repercusión desde el ámbito de la comunicación». Sea cual fuere el hito, persona, ideología, matiz científico o su dimensión, tendrá su eco en la socialización y en la forma misma que se realizase desde los distintos soportes en los que se sustenta el proceso comunicativo. Arriesgaríamos poco al afirmar que hoy todo es comunicación y la comunicación lo es todo en gran medida. Cuestionar hoy la influencia de los medios sobre la historia inmediata es algo que nadie contempla.

Dando por sentada esta premisa, cobra una especial dimensión el ingente trabajo de Ruiz Romero. Era necesario reunir toda la incesante producción científica gestada durante las últimas décadas, fundamentalmente de la mano de las Facultades de Comunicación de Málaga y Sevilla, de determinados Grupos de Investigación asociados a Departamentos de las mismas, así como por obra de determinados investigadores ya acreditados, que el lector puede detectar acercándose a la obra que citamos. Las distintas instituciones democráticas y publicaciones científicas periódicas han hecho el resto. No obstante, la investigación sobre medios de comunicación y sus distintos matices y variables se encuentra aún escasamente desarrollada en Andalucía, sirviendo este trabajo, entre otras cuestiones, para detectar vacios científicos en periodos, hechos o lugares que invitan a afrontar nuevos estudios a corto y medio plazo.

El resultado que nos facilita este copio y serio investigador, después de casi un año de trabajo compilatorio, es un inventario bibliográfico inédito, cuyo objeto fundamental es el de constituirse en un instrumento al servicio de presentes y futuras investigaciones. Sin embargo, tampoco escapa al lector que es una excelente fotografía del estado en que se encuentran los estudios de estas características en la comunidad andaluza y de todo lo mucho que queda por trabajar como hemos apuntado ya. Se citan referencias de todo lo investigado sobre los medios en sus diferentes soportes contemporáneos y, además, se presentan reunidos todas aquellas personalidades, hechos o elementos identitarios andaluces que han sido abordados e interpretados desde la óptica del universo mediático. Fundamentalmente la prensa, como vehículo más veterano, aunque si renunciar a un mundo digital en permanente progreso.

El resultado que se nos presenta, muy actualizado, está compuesto de unos 700 autores/ investigadores y de unas 1.300 referencias, reunidas a partir de un vaciado sistemático de revistas y congresos científicos, publicaciones universitarias, asociaciones profesionales, editoriales privadas, instituciones y entidades públicas, así como –en el apartado digital– de webs de grupos de investigación y de la base de datos. En este panorama de medios de comunicación, profesionales, asociacionismo, empresas, realidades, percepciones, mensajes e hitos, despuntan también investigadores y líneas de trabajo que, estamos convencidos, vincularán en el futuro muchos apellidos que se citan con nuevos proyectos y objetivos científicos. Entre ellas, destacamos la provincia gaditana quizás como la más densa en estudios y los años de la Constitución de 1812 como el hito más abordado. Esperemos que tras este trabajo exista un mayor respeto hacia este ámbito de la Ciencia y la investigación y que, tras ello, el número de nuevas referencias puedan verse incrementadas desde estos enfoques y perspectivas.

Con todo ello y del mismo modo, la compilación resultante que reseñamos, llama la atención sobre buena parte de lo que creemos es un patrimonio documental que puede deteriorarse, perderse o despreciarse, caso de que no se arbitren medidas y actitudes de conservación para el futuro, ya que la política hemerográfica en la Comunidad Andaluza resulta muy débil y parca. Las propias guías de estas dependencias, así como los catálogos provinciales existentes, ni siquiera cubren la totalidad de la geografía andaluza. Lo digital o audiovisual tampoco debe considerarse efímero o desechable. Unos y otros configuran ese presente y consciente colectivo del que somos arte y parte los andaluces y andaluzas, además de quienes desde esta tierra han materializados hechos y actuaciones.

Títulos de libros y referencias de investigaciones por vez primera reunidos, aunque estudios de estas características ya existen en otros territorios del Estado, y que configuraran un conjunto que, por inédito, e insistimos en este valor, aporta un recurso imprescindible para conocer el conjunto existente, para percibir tareas pendientes y acometer nuevos retos científicos. Este ha sido el desafío que abordó el doctor Ruiz Romero y cuyo resultado ya podemos consultar desde la web de una entidad, Centro de Estudios Andaluces, adscrita a la Consejería de Presidencia de la Junta de Andalucía que viene trabajando en la ultima década en la promoción y divulgación de las investigaciones sobre esta Comunidad (apartado Factorías de Ideas).

Y sobre el autor, Manuel Ruiz Romero, maestro, doctor en Historia Contemporánea y doctorando en Ciencias Políticas y Sociología, cabe poco decir. Lo avala su solvencia como historiador de la comunicación, especializado en los periodos de Tardofranquismo y Transición. Basta una mirada a su propia producción –más de una treintena de trabajos editados-, para calibrar su capacidad en los avatares de la investigación y en la disciplina que nos ocupa además de otras líneas científicas que mantiene abierta. Es autor de numerosos títulos que han visto la luz, reconocimientos y líneas de investigación hablan por si solos. Miembro del Grupo de Investigación en Estructura, Historia y Contenidos de la Comunicación de la Junta de Andalucía (HUM-618), así como de la Asociación de Historiadores de la Comunicación y del Centro de Estudios Históricos de Andalucía, Ruiz Romero ha madurado su labor bajo la tutela y dirección del doctor profesor Ramón Reig desde la Facultad de Comunicación de Sevilla. Los resultados de esa amistad y colaboración los estamos disfrutando desde hace tiempo.

Convencidos estamos que este libro en formato digital, por sus características y contenidos, representará un sustancial impulso a la Historia de la Comunicación Social en Andalucía, además de constituir una invitación para que otras disciplinas científicas se acerquen a un mundo como el mediático, el cual, en sus diferentes formatos contemporáneos, resulta un ámbito de socialización sin el cual es imposible comprender buena parte del pasado, por supuesto del presente y, con seguridad del futuro de esta tierra. Sin duda, nos mostramos convencidos de estar ante un trabajo imprescindible para quienes se acerquen a la realidad andaluza. Un punto de partida que se convierte en referencia en el panorama investigador sobre temas andaluces. Como bien apunta el autor en la introducción de la publicación, este trabajo pretende representar «un sustancial impulso a la Historia de la Comunicación Social en Andalucía, además de ser una invitación a que se produzca un acercamiento desde otras disciplinas científicas al mundo mediático». Enhorabuena. Bienvenido pues y que así sea.

 Enlace 

RUIZ ROMERO, M., Inventario bibliográfico sobre Historia de la Comunicacion Social en Andalucía, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, págs. 94 (formato digital) (ISBN: 978-84-694-4117-6).

 

Texto: Carlos Alberto Chernichero Díaz. Profesor Titular de la E.U.A. de Relaciones Laborales de Jerez

 

Biografía

Manuel Ruiz Romero, es profesor de EGB y doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Pablo de Olavide con la calificación cum laude por unanimidad. Su tesis: La génesis del Estatuto de Autonomía para Andalucía en el contexto de la Transición política (1975-1982), ha sido becada por el Congreso de los Diputados y premiada por el Instituto Andaluz para la Administración Pública en el año 2005. Posee Curso de Experto Universitario por la Universidad de Sevilla en Comunicación Institucional y Marketing Político y ha cursado estudios de post grado sobre habilidades sociales e intervención social.

Cuenta en su haber con tres premios de investigación, una veintena de libros editados y tienen publicado alrededor de setenta artículos y comunicaciones a distintos congresos nacionales e internacionales, obras colectivas y distintas revistas nacionales de historia y comunicación. Por sus investigaciones, ha recibido además del ya citado: el premio Memorial de la Fundación Blas Infante y el premio de Historia del Ateneo de Sevilla.

Comenzó sus investigaciones estudiando los antecedentes autonómicos de Andalucía, y es un buen conocedor de la figura y obra de Blas Infante sobre la que ha sido premiado por la Fundación del mismo nombre. En la actualidad es uno de los pioneros y especialista en nuestra Comunidad en los estudios sobre la Transición y, muy especialmente, sobre los distintos factores que intervienen en dicho periodo a favor del particular proceso andaluz a la autonomía. Igualmente, ha editado –entre otras cuestiones-, el primer repertorio bibliográfico sobre la transición política andaluza, así como una recopilación de documentos históricos relacionados con nuestra autonomía.

Entre sus obras –se encuentra su memoria de licenciatura sobre el primer gobierno de la Junta de Andalucía presidido por Plácido Fernández Viagas-, estudio que fue premiado por el Instituto Andaluz para la Administración Pública. Así como un volumen, recopilatorio de las intervenciones periodísticas y parlamentarias del citado Presidente.

Es especialista en la Transición como hecho histórico, pero especialmente en el seguimiento y la labor que los medios de comunicación de la época hacen del importante periodo de la restauración democrática. De hecho está participando en el primer Manual de la Comunicación en Andalucía como texto dirigido a estudiantes universitarios, a la vez que ha realizado el índice bibliográfico de la revista Andalucía Libre. En la actualidad trabaja realizando un proyecto paralelo con La Ilustración Regional.

Imparte clases de libre configuración en la Facultad de Comunicación y actualmente también en la Council Study Internacional, entidad que posibilita la presencia en Sevilla estudiantes de Universidades norteamericanas. Ha sido ponente en numerosos Jornadas y cursos de formación.

Fue becario de Humanidades de la Fundación Centro de Estudios Andaluces adscrita a la Consejería de Presidencia de la Junta de Andalucía y, pertenece al Grupo de Investigación sobre Estructura, Historia y Contenidos de la Comunicación dirigido por el profesor Dr.- Ramón Reig  (PAIDI). Socio fundador y Secretario del Centro de Estudios Históricos de Andalucía, y socio de la Asociación de Historiadores de la Comunicación.

En la actualidad realiza su doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED, participa en debates y mesas redondas e imparte conferencias especializadas por instituciones y entidades públicas y privadas. Es técnico programador en la Concejalía de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Jerez. Colaborador habitual en temas de opinión y análisis o histórico o socio cultural en: Grupo Joly, El Correo de Andalucía, El País o ABC de Sevilla.

Su dirección electrónica: mruizromero@ono.com

Otros trabajos publicados: 

  • RUIZ ROMERO, M., La conquista de la autonomía andaluza (1975-1982), Sevilla, IAAP, 2005, pp. 609. (ISBN- 84-8333-287-6)
  •  Política y Administración Pública en el Primer Gobierno Preautonómico de Andalucía. La gestión de Plácido Fernández Viagas al frente del ente preautonómico, Sevilla, IAAP, 2000, pp. 278. (ISBN 84-8333-076-8).
  •  Una revista andaluza de la transición. Índice bibliográfico de ´Andalucía Libre´, Grupo de Investigación Estructura, Historia y Contenidos de la Comunicación, Sevilla, 2000, pp. 190. (ISBN 84-605-9552-8). 
  • Tiempos de cambio: Andalucía hacia la Transición autonómica. Sociedad, partidos políticos e instituciones, Sevilla, Ateneo-Universidad, 2007 (ISBN: 978-84-472-1100-5) 
  • DIAZ ARRIAZA, J. y RUIZ ROMERO, M., El proceso autonómico de Andalucía durante la II República, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1991, pp. 286. (ISBN 84-86814-58-8). 
  • HIJANO DEL RÍO, M. y RUIZ ROMERO, M., El Ideal Andaluz en la II República. La Asamblea Regional Andaluza de 1933, Sevilla, Fundación Blas Infante, 1995, pp. 577. (ISBN 84-86814-65-0).
  • El Pacto Autonómico de Antequera (4 diciembre de 1978). Un documento para la historia de Andalucía, Sevilla, Instituto Andaluz para la Administración Pública, 1997, pp. 182. (ISBN 84-89497-67-2)
  •  ESPINOSA MAESTRE, F. y RUIZ ROMERO, M., Ayamonte, 1936. Diario de un fugitivo. Memorias de Miguel Domínguez Soler, Huelva, Diputación, 2001, pp. 268 (ISBN-84-8163-271-6). Traducido al inglés por Richard Barker, Fugitive from spanish fascim. A memoir by Miguel Domínguez Soler, United States of America, University de Wisconsin, 2010 (ISBN: 978-0-9774802-8-9). 


340. ANTONIO GONZÁLEZ: El rey del chicharrón

28 04 2011

Antonio González Blanco (Jerez, 1955) no es un carnicero convencional. Conocido en Jerez, ciudad a la que ha dedicado los últimos 40 años cultivando con prestigio su profesión, y también fuera de ella, donde valoran positivamente su buen hacer a la hora de fabricar un producto “muy jerezano y andaluz”, como el mismo define.

Padre de dos hijos, José Daniel y Alvaro, inició sus estudios en la Escuela de los Hermanos del Mundo Nuevo La Salle donde permaneció hasta los 15 años, para salir entonces ” a ayudar a mi padre en el negocio”. La tradición familiar de la carnicería, presente durante muchos años en el Mercado Central de Abastos, continuaría con Antonio mientras compaginaba por la noche sus estudios del Bachiller elemental en el Instituto Padre Luis Coloma.

Tras 27 años de preofesión en su local de la calle Clavel, pronto observaría la predilección de los paladares más exquisitos por esta delicatessen de carne, presente hasta ahora en las tradicionales matanzas andaluzas del campo y que según relata ahora con orgullo, ” ya llega hasta la mismisima Zarzuela”.

Antonio González, se ha ganado a pulso su prestigio, y sigue siendo visitado ahora en su local de la Avenida de Arcos “La boutique del chicharrón”; un autentico santuario de este producto que desde 2006 es frecuentado por quienes buscan la excelencia cárnica. “Compré- asegura- una nueva maquinaria cuando llegué aquí, diseñada por mí mismo para hacer los productos a mi estilo”.

En su perfección profesional está su éxito.  En la Avenida de Arcos toda la vía se impregna de sus aromas cuando Antonio confecciona sus tradicionales chicharrones. “Antes se hacía con tocino- declara- y ahora con panceta, porque es lo que pide el mercado”. “Yo los confecciono con productos cien por cien naturales, con especias como el comino, el orégano, sal , laurel y ajos…”.

En la actualidad, además de otros productos, en su negocio se vende mayoritariamente este singular bocado. “En Navidades vendo hasta 400 kilos, y de ellos algunos llegan hasta Palacio”, comenta este honesto comerciante que recibe en Navidades felicitaciones navideñas de la mismisima Familia Real. Preguntado por esta cuestión, el “rey del chicharrón” emplea la prudencia y el temple propio de un buen torero: “Sólo sé que vendo este  producto a un señor de Jerez que provee de vino de la tierra al Rey, pero me consta que el chicharrón jerezano los prueba con sumo gusto el propio monarca”…



337. JUAN JOSÉ ROSA SÁNCHEZ. Un investigador jerezano en León

2 04 2011

 Juan J. ROSA SÁNCHEZ, Profesor Honorario de la Universidad de León, nació en Jerez de la Frontera (1936) y vive en León desde 1958 (con un breve periodo en Córdoba). Es Doctor en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte por la Universidad de León y Licenciado en Educación Física por el INEF de la Universidad Politécnica de Madrid. Fue Profesor de Educación Física entre 1958 y 1966 del Instituto Padre Isla y del Colegio San José de HH. Maristas, de León. Desde 1966 a 1971 trabajó de Profesor de Educación Física en la Universidad Laboral de Córdoba, sede del Gabinete de Investigación Pedagógica de la Educación Física, del que fue miembro activo. Desde 1971 hasta 1999 fue Profesor Titular del área de Educación Física y Deportiva, en el Departamento de Educación Física de la Universidad de León, impartiendo clases de Didáctica de la Educación Física y de Juegos Infantiles en la Facultad de Educación de la que fue Vicedecano. Se jubiló el año de 1999. Fue profesor colaborador en el Programa Interuniversitario de la Experiencia de la Junta de Castilla y León después de jubilado.

            Su tesis doctoral Estudio del desarrollo motor de población escolar leonesa mediante la utilización de la batería de Lincoln-Oseretsky de motricidad infantil la defendió el 30 de Septiembre de 1995 y obtuvo la calificación máxima de entonces: Apto Cum Laude por unanimidad y fue publicada en 1996. Dos años antes, en 1994, editó el vídeo Tests motores de Oseretsky.

            En colaboración con su mujer Elhecte del Río Mateos, también profesora jubilada de la Universidad de León, ha publicado las obras siguientes: Juegos tradicionales infantiles en la provincia de León (1997 y 2001), Terminología de Educación Física y su Didáctica (1999), Glosario de juegos tradicionales (2000); Vocabulario de juegos tradicionales, populares y autóctonos (2005); El juego de dormir: las nanas (2007); Juego populares (2008) y, el vídeo Juegos tradicionales infantiles (1998).

            Su línea de investigación sobre juegos tradicionales, populares y autóctonos sigue ocupando su tiempo. Posee la Medalla de Oro de la Universidad de León.

MI VIDA CONTADA POR MÍ

Mi primer llanto fue en la calle Morenos nº 18, en el Barrio de San Pedro, el 3 de Enero de 1936. Mi padre Fernando Rosa Calero (o de la Rosa, lo tengo pendiente de aclarar) decía muy a menudo: Yo soy del Zumajo, siempre vivió en Jerez. Mi madre, Encarnación Sánchez Martínez nació en Villanueva del Arzobispo, se crió en Córdoba y muy joven se instaló en Jerez.

Muy cerca, en la calle Bizcocheros que luego descubrí que se llamaba Cardenal Herreros, número 30 vivían mi abuela Andrea y mi tía Paca. En aquel patio tanto como en el de mi casa me crié. De él recuerdo que en un fogón que había al fondo a la izquierda, mi tía que era carnicera, hacía manteca “colorá” y blanca. En una gran vasija de cobre echaban pellas de tocino que a medida que se iban cociendo se licuaban. Una vez que era todo líquido la dejaban enfriar y estaba la manteca lista para vender en la carnicería. Nosotros, en plena ebullición, echábamos un chusco de pan dentro, lo dejábamos allí un momento, lo sacábamos y, enfriado convenientemente, nos lo comíamos, estaba riquísimo. Lo que también nos gustaban mucho eran los chicharrones. ¡Menudo manjar cuando nos dejaban probarlos!.

Mi abuela Andrea Calero Arcila, era de Arcos de la Frontera. Se casó con Francisco Rosa (o de la Rosa) López, carpintero de carros en el cortijo El Zumajo, allí nacieron sus hijos y vivieron hasta que el abuelo se murió. Fue entonces cuando mi abuela se trasladó a Jerez. Su habitación era grande, tenía una mesa camilla a la izquierda entrando, con una mecedora donde ella pasaba muchas horas y al fondo estaba su cama, en la que a mí me agradaba dormir. Me gustaba mucho estar con ella, escuchar sus historias y las conversaciones que mantenía con sus amigas. En cierta ocasión me regaló un duro de plata con la cara en el anverso de Alfonso XIII, no sé que fue de la moneda. Era una gran admiradora del General Primo de Rivera, de él, cada vez que se presentaba la ocasión, afirmaba que había sido un hombre muy guapo y muy bueno para España. A mí me quería mucho y a sus amigas, siempre que la dejaban, les decía: Mi Juaichi tiene mucho talento.

(Juan, en su primera comunión)

Del barrio recuerdo a un chaval, que no sé en que calle vivía, al que decíamos el gordo y se dedicaba a pegarle a todo el que se cruzaba en su camino. Un buen día me encontré a solas con él, me armé de valor y cuando venía hacia mí, con las intenciones que son de suponer me lancé hacia él lo agarré y lo apechugué contra la reja de un cierro, con más miedo que vergüenza -el mismo miedo me daba fuerzas- y se asustó el velentón cuando vio que no podía deshacerse de la presa que le hice y porque le metí la rodilla entre las piernas. Cual no sería mi sorpresa cuando se puso a lloriquear, lo que aproveché para exigirle que no volviera más y así fue (yo todavía no me lo creo). También recuerdo a mi amigo Paquito: un mal día no vino a jugar porque, según me dijeron, estaba malo y ya no volvió más.

A las cuatro esquinas jugábamos en el cruce de  la calle Morenos con la de Bizcocheros, frente a la puerta de mi abuela. Pero una noche me quedé solo, hacía viento, debía ser Levante, la calle estaba iluminada por una bombilla con su tulipa colgada de un cable que cruzaba desde una pared a otra, la casa de enfrente estaba derruida, de ella se contaban muchas historias. El viento movía la bombilla y la sombra que proyectaba la pantalla en las paredes subía y bajaba, pasé mucho miedo.

Mi padre compró una casa en un barrio periférico de Jerez que se llamaba Barriada Soto Mayor, pero al que se le conocía con el sobrenombre de Reventón de Quintos. Me imagino que el sobrenombre se debía a que por allí habían instruido a los soldados y como es de suponer quedaban para el arrastre. A su calle “Larga” nos fuimos a vivir. La casa hacía esquina con la carretera y la entrada era por la citada calle. Debía ser el número uno. Enfrente vivía “La Jaramilla”, una señora mayor que a lo mejor se apedillaba Jaramillo de la que decíamos que tenía la casa llena de mierda y de gatos. El tejado estaba siempre repleto de jaramagos.

Desde el patio, por una escalera, se accedía a una terraza en la que mi padre, con nuestra “valiosa”, ayuda hizo una cocina. De aquella obra tengo un recuerdo: mi padre decía, Fernandito trae un ladrillo y mi hermano decodificaba el mensaje y me transmitía Juaichi, lleva un ladrillo y así iba poco a poco avanzando la obra hasta que nuestro progenitor se cansó de tener un ayudante tan “diligente” y una de las veces que intentaba pasarme el recado para que yo hiciese su labor le espetó, ¡He dicho Fernandito! No le hizo falta insistir más. Yo por si acaso se perdía alguna bofetada me quité de en medio y la obra se terminó sin necesidad de mi ayuda. Calculo que mi hermano tendría unos nueve o diez años y yo, como había nacido tres años más tarde, unos seis. Una de nuestras diversiones era saltar desde el último escalón al patio y más de un buen porrazo nos llevamos porque nos enganchábamos en una planta que sobrevolaba la barandilla, seguramente un jazmín o una dama de noche. Pero lo que más recuerdo de la escalera es que una noche volvimos de la feria toda la familia, incluida mi tía Paca quien, en un ataque de risa por alguna gracia de alguien o por el vino, no podía subir, todos intentábamos ayudarla, cosa bastante difícil, por su peso y por la estrechez de la escalera y ella se sentó en el último escalón y dijo: ¡joé que me meo! y se meó.

(Juan. agachado  2º por la derecha, en su equipo de baloncesto)

Una de mis funciones era ir al almacén de Benito, tienda de comestibles que estaba en la calle Doña Blanca, a comprar aceite; aparte del dinero y el correspondiente envase había que llevar la cartilla de racionamiento. Para servir el aceite usaban una especie de surtidor que llenaba un depósito transparente y de allí a la botella. Cuando llovía, el impermeable o gabardina que usaba era un saco convenientemente preparado que me ponía sobre los hombros y la cabeza a modo de capa como la de Caperucita Roja. También era, con mi hermano, en épocas de restricciones, encargado de guardar larguísimas colas para recoger agua de una boca de riego que había en el Palenque y luego llevarla a casa que distaba unos doscientos metros.

Un buen día de invierno, mi padre nos dijo que nos íbamos a La Corta en bicicleta. Yo viajé en la barra y mi hermano en el portaequipajes. En otras ocasiones, si íbamos los tres hermanos, la niña lo hacía en la barra, para ir más protegida, mi hermano en el portaequipajes y yo en el manillar. Nosotros nos dedicamos a correr cerca de la orilla, muy pegados al agua pero sin tocarla para no mojarnos. En un momento determinado, mi hermano que iba delante, quiso atravesar una especie de murete que por allí había (sería la presa), falló el piso y se cayó al río, vestido naturalmente. No sabía nadar, yo tampoco. Daba manotazos al agua, se agarró a una piedra y ésta se soltó. Salí corriendo dando voces hacia el lugar donde había visto que se había ido mi padre y cuando llegamos al lugar del suceso, mi hermano estaba fuera del agua, completamente empapado. Se desnudó para secarse al aire y no me acuerdo que hicimos con la ropa para secarla ni que dijo mi madre cuando volvimos a casa.

Nos matricularon en un Colegio Nacional que había en la Plaza del Arenal. Mi hermano tuvo que cambiar de Colegio, pues estaba en el de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, en nuestro barrio anterior,  yo no tuve necesidad porque no había ido todavía a ninguno; a él lo matricularon en 4º curso, el último entonces de la Enseñanza Primaria, su maestro se llamaba D. Anselmo, era un señor alto, muy mayor y muy delgado, con el pelo blanco, debía ser muy buena persona. A mí me correspondió por edad, saber y gobierno el curso 1º. La etapa de Preescolar que se llamó más tarde o de Educación Infantil que se dice ahora, la pasé en la calle, en los patios de mi casa y de la casa de mi abuela y en una casa a la que llamábamos la “miga” o la “amiga” a la que íbamos unos cuantos niños y niñas, cada uno con su silla, y allí pasábamos unas horas.

La primera comunión se hacía entonces con siete años. El día del Corpus, mi maestro, D. Tomás (todos los maestros han unido a su nombre el don ¿será un don divino por aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”?, nos citó a los “primocomulgantes” a las diez de la mañana junto al kiosco de la Plaza del Arenal -todavía sigue allí- y nosotros también seguiríamos si mi madre, cansada de esperar, y viendo que íbamos a perder la misa de once, no me coge, me lleva a la iglesia del Señor de la Puerta Real, me pone en una hilera y me dice ¡hala! a comulgar. Una vez que hube comulgado, con mi traje blanco (pantalón y camisa), fotografía con un niño Jesús cerca de la cara y visita a familiares para recoger las propinas.

En cierta ocasión, mi padre me había dicho: Tienes que pelarte. El maestro (D. Tomás, ya lo he citado) dijo: El que quiera pelarse que pase a los retretes. Para allá me fui y cuando llegué a casa loco de contento por la sorpresa que le iba a dar a mi familia, por lo obediente que había sido, el sorprendido fui yo al ver las caras que pusieron y sobretodo oír las quejas y lamentos de mi padre: A mi hijo lo han pelao como si fuera un criminal (en aquellos tiempos usaban determinado corte de pelo para castigar). Me habían cortado el pelo al cero, menos mal que no me afeitaron la cabeza, pero me la dejaron blanca y muy redonda. Cuando me miré en el espejo no me conocía. No me atrevía a salir a la calle. Me compraron una boina pero no la usé mucho tiempo, enseguida me acostumbré. Además en aquel barrio iban muchos chavales pelados al cero.

En otra ocasión me volví a cortar el pelo al cero, pero esa vez fue de manera voluntaria y consciente. Fuimos mi hermano y yo, ya mozalbetes, a la peluquería para que nos hicieran un corte de pelo normal y alguno de los dos le dijo al otro: A que no tienes… para pelarte al cero. A lo que el otro contestó: ¿Qué no? y salimos los dos de allí mondos y lirondos.

Adaptarnos al nuevo barrio fue difícil. Allí había pandillas ya organizadas muy celosos sus jefes de sus poderes y ellas de sus competencias y, sobretodo, muy exigentes con los nuevos vecinos. Además nosotros, para ellos, éramos niños finos del centro que estábamos invadiendo su barrio. Nos dieron más de una “guantá” y más de una vez tuvimos que salir por pies de situaciones muy comprometidas, hasta que en una ocasión mi hermano se enfrentó con el jefe, al que llamaban “el Chino” que estaba, naturalmente, pelado al cero, fue una gran lucha, se dieron unos cuantos cates y revolcones, ganó mi hermano y yo me sentí la persona más importante de la tierra, tenía un hermano que era capaz de ganar al Chino. Fuimos admitidos en sociedad. Los años cuarenta fueron muy bonitos porque los chavales gozábamos de total libertad pero muy difíciles y, en algunos casos, peligrosos.

Pues entre trompos, pedreas, pídolas, burros (el juego y montarnos en todos los que por allí pasaban) y viajar en la parte trasera de los coches de caballos esquivando latigazos; escapadas a la vía para ver a las estraperlistas que viajaban en el tren de Sanlúcar y tiraban sacos por las ventanillas, idas a la zúa a coger cañas para hacer canutos y para fabricar instrumentos con la que coger higos chumbos fuimos creciendo. En los veranos nos íbamos hasta La Corta, y a Cartuja, para bañarnos y aprender a nadar (la metodología era muy expeditiva: te cogían entre dos o tres y te lanzaban al agua en uno de los lugares donde cubría, lo demás era cosa natural: o salías por tus propios medios o quién sabe lo que hubiera ocurrido). Pasaron unos cuantos años, los suficientes para endurecernos y para que mi madre se diera cuenta de que estábamos todo el día “con los mejores del barrio” haciendo golferías por lo que le planteó a mi padre que tenía que tomar cartas en el asunto.

Las cartas que tomó fueron matricularnos en la Academia Santo Tomás que estaba en la calle San Agustín. El Director-propietario me hizo el examen de ingreso siguiente: – A ver, pon ahí tu nombre. Lo hice, y al mirar la grafía sentenció: — Cuando te mueras escribirás igual de mal. Don Ernesto, se llamaba. No estoy seguro pero me parece que los dos fletes estuvimos juntos, por lo menos un curso. A mi hermano, como ya tenía once o doce años, lo prepararon para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Comercio y aprobó.

No recuerdo cuantos cursos estuve yo en aquel colegio privado en el que había dos o tres maestros: uno para los pequeños, con el que yo estaba, D. Ricardo, que era hijo del que se preocupaba de los mayores, y otro para los que ya estudiaban en el Instituto y necesitaban refuerzo. Un buen día me peleé con alguno de mis compañeros de clase, me empujó, me golpeé con un pupitre en la zona lumbar y al agacharme por el dolor, me volví a golpear con otro, esta vez en la sien, perdí el conocimiento y cuando me desperté, me castigaron “al árbol caido…”. Mi hermana (cuatro años menor que yo) ingresó en el Colegio de la Plaza del Arenal, sección de niñas (entonces los niños y las niñas estaban separados, lo de la coeducación vino después) que estaba en la calle Armas (mismo edificio que el de niños pero distinta entrada, mejores maestras y mejores condiscípulas). El cambio de Colegio nos vino bien, pues ingresamos en otra pandilla más culta que la anterior pero más golfa también.

Con la nueva cuadrilla nos íbamos al Puerto de Santa María, se conoce que Jerez nos quedó pequeño. Los viajes los hacíamos en tren, naturalmente sin billete, o en el camión del padre de unos amigos que se dedicaba al transporte de pescado. El viaje de ida era muy bueno, toda la caja del camión para nosotros, pero en el de vuelta teníamos que compartir el espacio con las cajas de pescado. Algunas veces también fuimos andando por la Trocha.

En verano, a la playa de La Puntilla era a la que iban los veraneantes y los del Puerto, pero nosotros cruzábamos el canal a nado y nos íbamos a la de Valdelagrana donde estábamos completamente solos. En invierno, jugábamos al fútbol en La Puntilla, íbamos al cine, nos peleábamos a pedradas con los chavales del Puerto. Ellos nos insultaban y nos decía que ibamos allí para quitarnos las pelotillas del culo, nosotros les respondian que eran mariquitas y volviamos a casa con cara de haber estado paseando por la calle Larga.

Por aquellos años había un pinar en la playa de La Puntilla, detrás de unas dunas, que tenía camaleones. Yo nunca fui capaz de cazar ninguno pero habia verdaderos especialistas. Era muy bonito y muy curioso observar como cambiaban de color. Cada vez que los ponían en un sitio distinto y qué importantes eran aquellos que los tenían, que envidia despertaban. Es posible que los vendieran, no lo sé, nunca lo pregunté. Aquellas dunas tan altas, ahora son montoncitos de arena y aquel pinar está lleno de casas.

El deporte que hacíamos era jugar al balón con pelotas de trapo y papeles que sujetaban con una red. Alguno de nosotros era muy mañoso y las fabricaba de maravilla. Nuestro campo de fútbol era la calle San Agustín donde únicamente nos molestaba algún coche (uno o dos en toda la mañana o la tarde) y los guardias de la porra que estaban empeñados en que no jugásemos allí, por lo que de cuando en cuando nos hacían redadas y si nos cogían nos daban algún mamporro o algún tirón de orejas, pero las cosas se agravaron. Como aquello nos parecía injusto, decidimos que cuando hubiera redada la romperíamos a la fuerza, por lo que la táctica acordada fue salir huyendo todos por la calle Fate que es bastante estrecha. Naturalmente el guardia que cerraba aquella salida o se quitaba o lo atropellábamos y, afortunadamente para él y para nosotros, ocurría, que se quitaba. Pero no contamos con que los guardias también piensan y decidieron reforzar el flanco más débil, por lo que huyendo un día nos encontramos con tres o cuatro tapando nuestra salida y algunos fueron hechos prisioneros, entre ellos mi hermano que estuvo retenido en el cuartelillo, situado entonces en los bajos del Ayuntamiento, calculo que dos o tres horas. Los demás nos situamos en la acera de enfrente y desde allí veíamos, por una de las ventanas, a un guardia, grande como un demonio, fumando. Cada vez que daba una chupada al cigarro echaba una cantidad de humo tremenda, con lo que la preocupación por la captura de mi hermano pasó a segundo plano: lo importante era ahora calcular cuándo daría la próxima chupada y cuánto humo lanzaría al espacio de aquella habitación enrejada, alumbrada por una bombilla y con vistas a la calle. Naturalmente, nosotros ya fumábamos.

Las pedreas amistosas era otro de nuestros deportes o juegos. Es decir, cuando no teníamos enemigo que echarnos a la cara para apedrearnos con ellos, nos metíamos por el agujero de la taquilla del cine de verano San Agustín y allí convenientemente resguardados de miradas indiscretas (justamente al lado estaba el Cuartel de la Guardia Civil), divididos, en dos bandos y bien parapetados y armados de piedras, trozos de ladrillo, etc. luchábamos entre amigos, pero como si no lo fuésemos, hasta que alguien acababa descalabrado. Esa era la señal para dejar de combatir entre hermanos. Naturalmente estas luchas eran en invierno, cuando no había cine.

Por aquellos tiempos me llegó la hora de dejar el Colegio, ya había cumplido la edad y, según oí tenía que acceder a otro nivel. Mi padre me dijo: ¿qué quieres, estudiar o trabajar? Yo le respondí, que estudiar, lo que suponía hacer el exámen de ingreso en el Instituto de Bachillerato. Al día siguiente, mi padre, me cogió de la mano y me llevó a ver la carpintería de un amigo o conocido suyo, en un lugar oscuro, sucio, desordenado, frío, lleno de serrín pero que olía bien,  a madera serrada. Estuvieron hablando un rato y nos fuimos. Ese mismo día, o al siguiente, hicimos otra visita: fuimos a ver a un señor que era picapleitos, así lo calificó mi padre, La entrevista se celebró en un bar con terraza que había en la Plaza del Arenal, esquina a la calle Corredera (en esa terraza, años más tarde vi, por primera vez en mi vida, a una mujer en short, debía ser americana, por allí pasó medio Jerez). Cuando terminaron de hablar me preguntó mi padre: ¿dónde quieres trabajar, en la carpintería o en el Juzgado? Sin pensarlo mucho y con más miedo que vergüenza le respondí que en el Juzgado.

En el año de 1947, a los 11 de haber nacido, comencé a trabajar. Dichosa libertad, elegí estudiar y me dieron dos opciones: ser carpintero o juez, como más tarde comenzaron a llamarme en el barrio. El Secretario del Juzgado vestía siempre de traje con chaleco, corbata y tirantes; lo de los tirantes lo sé porque alguna vez, para colocarse bien los pantalones, se abría la chaqueta y el chaleco y entonces aparecían los tirantes pero es que además vi que los pantalones se los colocaba muy altos, prácticamente debajo de las tetillas Al finalizar el primer mes de trabajo, D. Hipólito, que así se llamaba, me dijo: toma, tu sueldo y me dio veinticinco pesetas.

Entré a trabajar, naturalmente, como chico para recados. Iba por cafés cuando me lo mandaban al bar Supremo que estaba en la Plaza del Arenal, en la esquina de enfrente. Otro de los recados que hacía era ir a un Estanco que había en la calle Larga, para comprar papel de Pagos al Estado y pólizas. Esta labor supuso que me enterara de que por realizar tu trabajo te podían dar comisión, pues cada vez que iba a dicho establecimiento, las estanqueras que eran dos hermanas, me regalaban un puñado de tabaco negro de picadura. Como yo, igual que todos mis amigos, ya fumaba, siempre tenía tabaco para todos. Entre el tabaco y el dinero de las propinas que me daban Abogados y Procuradores por hacerles recados mi status en la pandilla subió una barbaridad. Aprendí, naturalmente, a liar cigarrillos que es una habilidad que se ha perdido. Si alguien quiere quitarse de fumar que intente aprender a liar cigarrillos.

(Juan,  a su  izquierda su esposa y a su derecha su hermana)

Los Juzgados  estaban entonces, ya lo he dicho, en el mismo edificio que mi primer Colegio, pero con distinta entrada. Me parece recordar que al Colegio se accedía por la Plaza del Arenal y al Juzgado por la calle Armas. En este edificio estuvimos poco tiempo porque con el fin de que todo él pasara a ser Palacio de Justicia y mientras duraron las obras, nos trasladaron a otro de la Alameda Cristina, que había sido Colegio también. Después volvimos de nuevo a la Plaza del Arenal y de esa vuelta quería hablar.

El Palacio de Justicia, me parece que así rezaba un letrero que tenía en el frontis, al que se entraba por la Plaza del Arenal, tenía un patio central con columnas a un lado, alrededor del cual giraba todo el edificio. En la planta baja, estaban los Juzgados Municipales y el Registro Civil y en la primera, a la que se accedía por una escalera en cuyo descansillo estaba un cuadro que representaba el suicidio de Lucano, los de Primera Instancia e Instrucción nº 1 y 2 y la vivienda de un juez. Volvimos sin estar terminadas las obras y mi hermano, al que yo había conseguido colocar en el nº 1, subía de la planta baja a la primera trepando por la  cuerda de la polea instalada para subir materiales.

Hablando de materiales de construcción, un buen día a alguien se le ocurrió que podíamos echar una pedrea los del nº 1 contra los del nº 2. El campo de batalla, una sala que estaban dividiendo en dos por medio de un tabique que se encontraba a media altura, con lo que quedaban perfectamente delimitados los campos: nos veíamos, no podíamos invadir el terreno de los contrarios y aquel medio tabique nos permitía, además escondernos tras él. Las armas, a propuesta de alguien, acordamos que fueran pasteles de merengue. Comenzó la batalla que transcurrió muy igualada, pero la munición se acabó enseguida. Primero echamos mano de algo de pasta que por allí había, después trocitos de ladrillo y por fin medios ladrillos y enteros. El resultado fue que se cayó parte del tabique y como no hubo ni vencedores ni vencidos, todos nos dedicamos al finalizar a recomponer los destrozos. La parte de tabique que repusimos no guardaba ninguna relación con el resto. Al día siguiente los albañiles, después de preguntar que había pasado sin que nadie supiera nada, tuvieron que volver a tirar nuestra obra y colocar los ladrillos debidamente alineados. Conste que entre los luchadores no hubo ni Secretarios ni Jueces.

La calle San Agustín era nuestro espacio, nuestro lugar de convivencia. En ella jugábamos, íbamos al Colegio, vivían algunos de nuestros compañeros de aventuras y hacíamos sufrir a un pobre señor que era un santo varón, al que le tomamos el portal de su casa como lugar de reunión con las consecuencias que se derivan del hecho de que una pandilla se convierta en usuaria de tal habitáculo. Allí hablábamos, gritábamos, fumábamos, escupíamos -naturalmente en el suelo de mármol blanco- y descubrimos que mojando convenientemente las colillas con saliva y lanzándolas al techo con mucha fuerza, para lo que utilizábamos los dedos corazón y pulgar a modo de papirotazo, se quedaban pegadas, a manera de estalactitas. A partir de ese momento nos convertimos en decoradores. Si no fuera una petulancia, diría ahora que nosotros fuimos los que descubrimos esa moderna profesión.

Mi vida de “juez” continuaba. Aprendí a escribir a máquina y llegó un momento que lo hacía como un rayo. No sé cuantas pulsaciones haría por minuto, pero seguro que una barbaridad. Era el asombro de mis compañeros y de mis jefes, tanto es así que dejaron de mandarme a hacer recados y pasé a ser mecanógrafo de la Sección de lo Penal (lo Criminal decíamos nosotros). Escribía las declaraciones de presuntos (que se dice ahora) y de testigos que tomaba el Juez o el Secretario y me dictaban. Se me daba muy bien, también, el cosido de sumarios y demás expedientes: había en el Juzgado bramante, agujas, tijeras, y cada vez que se producía algún nuevo documento que había que unir a sus antecedentes allí estaba yo haciendo mi labor de artesanía. Había distintas formas de coser los papeles, hasta el punto de que, con sólo verlos, distinguíamos los expedientes civiles de los penales.

Se incorporó un nuevo funcionario como Secretario que se hizo cargo directamente de los asuntos civiles y a mí me designó su mecanógrafo. Unos años duró aquella función y como consideré que tenía mucho trabajo y que la remuneración era escasa, pedí aumento de sueldo, me lo negaron y decidí que por aquel dinero no merecía la pena trabajar, así es que me despedí. A los pocos días me llamo para trabajar con él el Secretario del Juzgado nº 1.

Un buen día me afirmé en que yo quería estudiar, pero como no me permitían que dejara de trabajar, compatibilicé el estudio del Bachillerato, como alumno libre, con el trabajo y, naturalmente, seguí jugando en la calle. De aquellos juegos pasé al deporte en el Frente de Juventudes: el balonmano, el atletismo, la natación, el balonvolea -que ahora se llama voleybol- y el baloncesto (a pesar de mis escasos 1,67 mts.) ocuparon mi tiempo libre. Sólo voy a comentar un recuerdo: los 400 mts. lisos fue la prueba de atletismo en la que me clasificaron. Cada vez que participaba en una competición uno de mis rivales era un chaval, rubio que estudiaba en Puerto Real, y me sacaba siempre de ventaja por lo menos 50 ó 100 metros.

Mi padre vendió la casa de Reventón de Quintos, se compró otra en la calle Mariñiguez y allí nos mudamos.

1955 fue un año importante, me permitió cumplir mis proyectos: conseguí ingresar en la Academia Nacional José Antonio de Madrid, centro donde se cursaban los estudios para Profesor de Educación Física; y desde ese año hasta 1958 el estudio fue mi casi exclusiva ocupación (en vacaciones trabajaba en el Juzgado y hacía los cursos de la Milicia Universitaria). Ese mismo año de 1955, fui admitido para opositar a Auxiliar de Justicia pero no me presenté porque ya había elegido ser Profesor de Educación Física. Las prácticas de la Milicia Universitaria, como Alférez las hice en Cádiz durante el verano de 1959. En 1958, en León, comienzo de nuevo a trabajar, pero ahora como Profesor de Educación Física.

(Juan, al recibir el título de Doctor por la Universidad de León)



334. JUAN COMBA GARCÍA. Pionero del periodismo gráfico jerezano

8 03 2011

Nació en Jerez un 30 de noviembre de 1852 y falleció en Madrid el 19 de junio de 1924. Fue entre otras muchas cosas fotógrafo, pintor, dibujante e ilustrador y en conclusión uno de los mejores periodistas gráficos españoles de la historia. 

Juan Comba y García se formó en la Escuela Naval Militar de San Carlos de la Isla de León, actual San Fernando. Posteriormente estudió en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, dependiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Fue el único discípulo de Eduardo Rosales, quien lo presentó a Aberlardo de Carlos, director de la Ilustración Española y Americana , donde publicó sus ilustraciones desde marzo de 1872 hasta 1907. También colaboró en la revista Blanco y Negro.

Acompañó al Rey Alfonso XII a todos los viajes que realizó por España, así como la gira del rey por Centroeuropa, gozando del favor de la Casa Real que lo distinguió con honores y cargos oficiales.

Informó sobre las grandes transformaciones que estaban produciéndose en España en aquel periodo histórico. Sus 683 informaciones gráficas, de las cuales sólo 15 son fotografías, así como sus cuadros, suponen un testimonio gráfico de gran calidad informativa. Por ello ha sido calificado como “Cronista gráfico de La Restauración”.

En las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes de España consiguio:

  • Tercera medalla en 1895, por la obra La escolta ­real.
  • Tercera medalla en 1899, por la obra El estudio de Rosales.

Una calle en Jerez lleva su nombre.

TEXTO E IMAGENES:  José Luis Jiménez García www.jerezsiempre.com

 



319. RAFAEL CALDERÓN. Una calle, una vida…

19 01 2011

(Un momento ayer de la inauguración)

“Destacó por su excelente atención profesional y humana durante los casi 30 años que ejerció la medicina en Jerez”. Así se expresa desde el comunicado que el Ayuntamiento de Jerez le ha dedicado. La primera autoridad municipal, Pilar Sánchez,  inauguró ayer  una calle dedicada al doctor Rafael Calderón Pérez situada en las proximidades de la barriada La Plata. junto al colegio de Las Josefinas (entrada por avenida de Los Marianistas).

“En su corta pero extensa e intensa labor profesional en Jerez (de 1980 a 2008) atendió a miles de pacientes, generaciones de familias enteras, que aumentaba paulatinamente por la publicidad que ellos mismos le hacían dada su excelente atención profesional y humana. Fue un ejemplo a seguir de entrega y fortaleza”, destacana del ya desaparecido Rafael.

Rafael Calderón nació en Lebrija, en el año 1955 y fue doctor en Medicina y Cirugía por la Facultad de Medicina de Universidad de Sevilla, con calificación de sobresaliente. Hizo la tesis doctoral en la Facultad de Medicina de Cádiz con la máxima calificación “cum laude” e innumerables cursos y jornadas en distintas especialidades: cardiología, neumología, dermatología, enfermedades infecciosas, pediatría, urgencias, etc.

Por otra parte firmó trabajos científicos sobre epidemiología y trastornos de la microcirculación en pacientes ambulatorios y fue miembro del equipo del protocolo “EPOC” (Enfermedad pulmonar obstructiva crónica).

Ocupó el puesto de secretario de la Junta Directiva de ASISA, desde sus comienzos en la medicina, tesorero y miembro de la organización del Congreso de la Sociedad Española de Medicina Rural y Generalista (SEMERGEN), celebrado en Jerez en 1999, y ganó el VII premio Nacional de ASISA por su dedicación profesional y humanitaria. Además fue promotor y miembro de ACCU (Asociación de Crohn y Colitis Ulcerosa).

Trayectoria profesional

- Médico de Atención Primaria (A.P.D.) en La Nava (Huelva).

- Médico de Zona, pediatra y urgencias en distintos pueblos de la provincia de Cádiz para la Seguridad Social.

- Médico Generalista y de Urgencias en la entidad sanitaria ASISA en Jerez (10 años ininterrumpidos).

-Médico de Atención Primaria del SAS en Jerez, en los ambulatorios de calle Higueras y La Serrana, desde 1990 hasta su fallecimiento.

-Consulta privada desde sus comienzos.

TEXTO Y FOTOS: Ayuntamiento de Jerez



315. DRA. CARMEN FRANCISCO. Una vida luchando contra el cáncer

12 01 2011

 

(Carmen en un momento de la entrevista en la Clínica)

Me recibe con una sonrisa. Una de esas que salen de lo más hondo de su alma cotidianamente traducido como un “hola” o un “que tal estás”. Carmen ha aprendido a vivir con el optimismo que da saberse vencedora de los duros golpes que a veces machacan tu vida anque para ello el camino haya sido demasiado cruel.

Aunque nacida circunstancialmente en Cádiz, hasta los 7 años vive en el Puerto de Santa María desde donde emigra a Jerez henchida de rabia y dolor por la pérdida de su padre. “Mi padre Manuel era empresario y una persona cordial, y siempre al servicio de los demás; protectora, generosa y que ayudaba a todo el mundo, como un Rey Mago”, levanta la mirada con satisfacción mientras desde sus cuerdas vocales brotan palabras con una calma que traspasan las cuatro paredes del despacho donde desde hace un año dirige la Clínica Hermes, frente al Hotel Jerez.

Una etapa académica brillante primero en el Colegio Público Isabel La Católica es compaginada cada día con el trabajo en casa y fuera de ella con su madre y sus tres hermanos. “Era la princesa de mi casa “ para todos, y más tarde, por esos designios inexcrutables del destino, el sostén de una familia a la que ella sola tuvo que sacar para adelante.

La enfermedad de su madre, también cáncer como su padre, la privó de su compañía cuando la vida aún no ha madurado para Carmen. A los 16 años vive como toda su familia trágicamente la desaparición de Francisca, “pura inocencia y pura sonrisa”, como ella la describe entrañablemente.

 De este modo Carmen enfrenta un difícil futuro de la mano de su abuela, en Icovesa; un reto que ya conoce cuando desde los 7 años compagina las tareas del cole y la ayuda en los negocios familiares de sus tías, amén y desde los 14 el cuidado por entero de su progenitora.

(Carmen, de corta edad, posa ante la cámara)

“La conciencia del cáncer”, asegura sensata “es lo que me ha motivado para desempeñar este trabajo, por vocación, y que me llevó a la Facultad de Medicina para aprender a hacer que la gente no sufriera de dolor. “Aún recuerdo a mi madre, en el lecho de muerte diciéndome… Carmen que me den algo que calme el dolor”… “y yo no pude”, explica mientras entrevistada y entrevistadora comparten casi sin mirarse sus ojos llorosos.

(Una de las instantáneas más queridas por la Dra. Francisco, junto a sus padres)

Cuando se doctora en Medicina, hace 17 años, dirige su experiencia profesional enteramente a los cuidados paliativos. “Aliviar el dolor, que la gente sea atendida como personas que son es una obsesión para mí”, sentencia con determinación esta mujer de raza y fortaleza.

Más adelante la lucha desde el equipo de oncología del Hospital de Jerez y ahora desde la presidencia de la Asociación Española Contra el Cáncer de Jerez y la Presidencia de la Sociedad Andaluza de Cuidados Paliativos “lo he hecho por ayudar a los demás, no por mí que ya tengo de sobra con lo mío”, sonríe algo cansada tras un duro día de fatigas.

(A la derechaCarmen, de adolescente, ya es una alumna brillante en sus estudios)

Amtante de la lectura, de la cocina sobre todo de su profesión de médico “donde aprendes de todo el mundo todos los días”, dedica la mayor parte de su tiempo a su familia “y a la gente que quiero, a Pepe y mis hermanos que somos una piña”, amen de “la formación, porque me gustan los temas muy diversos de crecimiento personal”.

Las 1.300 personas durante los últimos 10 años han pasado por sus cándidas manos con su inseparable equipo que “me ha dado muchos momentos alegres dentro del sufrimiento de estas personas”. De todo el infierno de ayudar a quienes depositan en ella todas sus esperanzas de vivir sabiéndose cerca de la muerte, asegura quedarse con sólo una cosa positiva: “mejorar su calidad de vida, porque que continúen viviendo no está aún en nuestras manos”.

 

Palabras todas ellas que dan toda una lección de maestría humana y de solidaridad personal. Una mujer, a contracorriente, natural y sensible como la vida misma y sobre todo dispuesta a que “nadie que trate muera de dolor” en un mundo diseñado a medida para vivir pero también para sufrir…

(Junto a una de sus estrechas colaboradoras, Ana Cortijo)

FOTOS Y TEXTO: Susana Padilla / albúm familiar