337. JUAN JOSÉ ROSA SÁNCHEZ. Un investigador jerezano en León

2 04 2011

 Juan J. ROSA SÁNCHEZ, Profesor Honorario de la Universidad de León, nació en Jerez de la Frontera (1936) y vive en León desde 1958 (con un breve periodo en Córdoba). Es Doctor en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte por la Universidad de León y Licenciado en Educación Física por el INEF de la Universidad Politécnica de Madrid. Fue Profesor de Educación Física entre 1958 y 1966 del Instituto Padre Isla y del Colegio San José de HH. Maristas, de León. Desde 1966 a 1971 trabajó de Profesor de Educación Física en la Universidad Laboral de Córdoba, sede del Gabinete de Investigación Pedagógica de la Educación Física, del que fue miembro activo. Desde 1971 hasta 1999 fue Profesor Titular del área de Educación Física y Deportiva, en el Departamento de Educación Física de la Universidad de León, impartiendo clases de Didáctica de la Educación Física y de Juegos Infantiles en la Facultad de Educación de la que fue Vicedecano. Se jubiló el año de 1999. Fue profesor colaborador en el Programa Interuniversitario de la Experiencia de la Junta de Castilla y León después de jubilado.

            Su tesis doctoral Estudio del desarrollo motor de población escolar leonesa mediante la utilización de la batería de Lincoln-Oseretsky de motricidad infantil la defendió el 30 de Septiembre de 1995 y obtuvo la calificación máxima de entonces: Apto Cum Laude por unanimidad y fue publicada en 1996. Dos años antes, en 1994, editó el vídeo Tests motores de Oseretsky.

            En colaboración con su mujer Elhecte del Río Mateos, también profesora jubilada de la Universidad de León, ha publicado las obras siguientes: Juegos tradicionales infantiles en la provincia de León (1997 y 2001), Terminología de Educación Física y su Didáctica (1999), Glosario de juegos tradicionales (2000); Vocabulario de juegos tradicionales, populares y autóctonos (2005); El juego de dormir: las nanas (2007); Juego populares (2008) y, el vídeo Juegos tradicionales infantiles (1998).

            Su línea de investigación sobre juegos tradicionales, populares y autóctonos sigue ocupando su tiempo. Posee la Medalla de Oro de la Universidad de León.

MI VIDA CONTADA POR MÍ

Mi primer llanto fue en la calle Morenos nº 18, en el Barrio de San Pedro, el 3 de Enero de 1936. Mi padre Fernando Rosa Calero (o de la Rosa, lo tengo pendiente de aclarar) decía muy a menudo: Yo soy del Zumajo, siempre vivió en Jerez. Mi madre, Encarnación Sánchez Martínez nació en Villanueva del Arzobispo, se crió en Córdoba y muy joven se instaló en Jerez.

Muy cerca, en la calle Bizcocheros que luego descubrí que se llamaba Cardenal Herreros, número 30 vivían mi abuela Andrea y mi tía Paca. En aquel patio tanto como en el de mi casa me crié. De él recuerdo que en un fogón que había al fondo a la izquierda, mi tía que era carnicera, hacía manteca “colorá” y blanca. En una gran vasija de cobre echaban pellas de tocino que a medida que se iban cociendo se licuaban. Una vez que era todo líquido la dejaban enfriar y estaba la manteca lista para vender en la carnicería. Nosotros, en plena ebullición, echábamos un chusco de pan dentro, lo dejábamos allí un momento, lo sacábamos y, enfriado convenientemente, nos lo comíamos, estaba riquísimo. Lo que también nos gustaban mucho eran los chicharrones. ¡Menudo manjar cuando nos dejaban probarlos!.

Mi abuela Andrea Calero Arcila, era de Arcos de la Frontera. Se casó con Francisco Rosa (o de la Rosa) López, carpintero de carros en el cortijo El Zumajo, allí nacieron sus hijos y vivieron hasta que el abuelo se murió. Fue entonces cuando mi abuela se trasladó a Jerez. Su habitación era grande, tenía una mesa camilla a la izquierda entrando, con una mecedora donde ella pasaba muchas horas y al fondo estaba su cama, en la que a mí me agradaba dormir. Me gustaba mucho estar con ella, escuchar sus historias y las conversaciones que mantenía con sus amigas. En cierta ocasión me regaló un duro de plata con la cara en el anverso de Alfonso XIII, no sé que fue de la moneda. Era una gran admiradora del General Primo de Rivera, de él, cada vez que se presentaba la ocasión, afirmaba que había sido un hombre muy guapo y muy bueno para España. A mí me quería mucho y a sus amigas, siempre que la dejaban, les decía: Mi Juaichi tiene mucho talento.

(Juan, en su primera comunión)

Del barrio recuerdo a un chaval, que no sé en que calle vivía, al que decíamos el gordo y se dedicaba a pegarle a todo el que se cruzaba en su camino. Un buen día me encontré a solas con él, me armé de valor y cuando venía hacia mí, con las intenciones que son de suponer me lancé hacia él lo agarré y lo apechugué contra la reja de un cierro, con más miedo que vergüenza -el mismo miedo me daba fuerzas- y se asustó el velentón cuando vio que no podía deshacerse de la presa que le hice y porque le metí la rodilla entre las piernas. Cual no sería mi sorpresa cuando se puso a lloriquear, lo que aproveché para exigirle que no volviera más y así fue (yo todavía no me lo creo). También recuerdo a mi amigo Paquito: un mal día no vino a jugar porque, según me dijeron, estaba malo y ya no volvió más.

A las cuatro esquinas jugábamos en el cruce de  la calle Morenos con la de Bizcocheros, frente a la puerta de mi abuela. Pero una noche me quedé solo, hacía viento, debía ser Levante, la calle estaba iluminada por una bombilla con su tulipa colgada de un cable que cruzaba desde una pared a otra, la casa de enfrente estaba derruida, de ella se contaban muchas historias. El viento movía la bombilla y la sombra que proyectaba la pantalla en las paredes subía y bajaba, pasé mucho miedo.

Mi padre compró una casa en un barrio periférico de Jerez que se llamaba Barriada Soto Mayor, pero al que se le conocía con el sobrenombre de Reventón de Quintos. Me imagino que el sobrenombre se debía a que por allí habían instruido a los soldados y como es de suponer quedaban para el arrastre. A su calle “Larga” nos fuimos a vivir. La casa hacía esquina con la carretera y la entrada era por la citada calle. Debía ser el número uno. Enfrente vivía “La Jaramilla”, una señora mayor que a lo mejor se apedillaba Jaramillo de la que decíamos que tenía la casa llena de mierda y de gatos. El tejado estaba siempre repleto de jaramagos.

Desde el patio, por una escalera, se accedía a una terraza en la que mi padre, con nuestra “valiosa”, ayuda hizo una cocina. De aquella obra tengo un recuerdo: mi padre decía, Fernandito trae un ladrillo y mi hermano decodificaba el mensaje y me transmitía Juaichi, lleva un ladrillo y así iba poco a poco avanzando la obra hasta que nuestro progenitor se cansó de tener un ayudante tan “diligente” y una de las veces que intentaba pasarme el recado para que yo hiciese su labor le espetó, ¡He dicho Fernandito! No le hizo falta insistir más. Yo por si acaso se perdía alguna bofetada me quité de en medio y la obra se terminó sin necesidad de mi ayuda. Calculo que mi hermano tendría unos nueve o diez años y yo, como había nacido tres años más tarde, unos seis. Una de nuestras diversiones era saltar desde el último escalón al patio y más de un buen porrazo nos llevamos porque nos enganchábamos en una planta que sobrevolaba la barandilla, seguramente un jazmín o una dama de noche. Pero lo que más recuerdo de la escalera es que una noche volvimos de la feria toda la familia, incluida mi tía Paca quien, en un ataque de risa por alguna gracia de alguien o por el vino, no podía subir, todos intentábamos ayudarla, cosa bastante difícil, por su peso y por la estrechez de la escalera y ella se sentó en el último escalón y dijo: ¡joé que me meo! y se meó.

(Juan. agachado  2º por la derecha, en su equipo de baloncesto)

Una de mis funciones era ir al almacén de Benito, tienda de comestibles que estaba en la calle Doña Blanca, a comprar aceite; aparte del dinero y el correspondiente envase había que llevar la cartilla de racionamiento. Para servir el aceite usaban una especie de surtidor que llenaba un depósito transparente y de allí a la botella. Cuando llovía, el impermeable o gabardina que usaba era un saco convenientemente preparado que me ponía sobre los hombros y la cabeza a modo de capa como la de Caperucita Roja. También era, con mi hermano, en épocas de restricciones, encargado de guardar larguísimas colas para recoger agua de una boca de riego que había en el Palenque y luego llevarla a casa que distaba unos doscientos metros.

Un buen día de invierno, mi padre nos dijo que nos íbamos a La Corta en bicicleta. Yo viajé en la barra y mi hermano en el portaequipajes. En otras ocasiones, si íbamos los tres hermanos, la niña lo hacía en la barra, para ir más protegida, mi hermano en el portaequipajes y yo en el manillar. Nosotros nos dedicamos a correr cerca de la orilla, muy pegados al agua pero sin tocarla para no mojarnos. En un momento determinado, mi hermano que iba delante, quiso atravesar una especie de murete que por allí había (sería la presa), falló el piso y se cayó al río, vestido naturalmente. No sabía nadar, yo tampoco. Daba manotazos al agua, se agarró a una piedra y ésta se soltó. Salí corriendo dando voces hacia el lugar donde había visto que se había ido mi padre y cuando llegamos al lugar del suceso, mi hermano estaba fuera del agua, completamente empapado. Se desnudó para secarse al aire y no me acuerdo que hicimos con la ropa para secarla ni que dijo mi madre cuando volvimos a casa.

Nos matricularon en un Colegio Nacional que había en la Plaza del Arenal. Mi hermano tuvo que cambiar de Colegio, pues estaba en el de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, en nuestro barrio anterior,  yo no tuve necesidad porque no había ido todavía a ninguno; a él lo matricularon en 4º curso, el último entonces de la Enseñanza Primaria, su maestro se llamaba D. Anselmo, era un señor alto, muy mayor y muy delgado, con el pelo blanco, debía ser muy buena persona. A mí me correspondió por edad, saber y gobierno el curso 1º. La etapa de Preescolar que se llamó más tarde o de Educación Infantil que se dice ahora, la pasé en la calle, en los patios de mi casa y de la casa de mi abuela y en una casa a la que llamábamos la “miga” o la “amiga” a la que íbamos unos cuantos niños y niñas, cada uno con su silla, y allí pasábamos unas horas.

La primera comunión se hacía entonces con siete años. El día del Corpus, mi maestro, D. Tomás (todos los maestros han unido a su nombre el don ¿será un don divino por aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”?, nos citó a los “primocomulgantes” a las diez de la mañana junto al kiosco de la Plaza del Arenal -todavía sigue allí- y nosotros también seguiríamos si mi madre, cansada de esperar, y viendo que íbamos a perder la misa de once, no me coge, me lleva a la iglesia del Señor de la Puerta Real, me pone en una hilera y me dice ¡hala! a comulgar. Una vez que hube comulgado, con mi traje blanco (pantalón y camisa), fotografía con un niño Jesús cerca de la cara y visita a familiares para recoger las propinas.

En cierta ocasión, mi padre me había dicho: Tienes que pelarte. El maestro (D. Tomás, ya lo he citado) dijo: El que quiera pelarse que pase a los retretes. Para allá me fui y cuando llegué a casa loco de contento por la sorpresa que le iba a dar a mi familia, por lo obediente que había sido, el sorprendido fui yo al ver las caras que pusieron y sobretodo oír las quejas y lamentos de mi padre: A mi hijo lo han pelao como si fuera un criminal (en aquellos tiempos usaban determinado corte de pelo para castigar). Me habían cortado el pelo al cero, menos mal que no me afeitaron la cabeza, pero me la dejaron blanca y muy redonda. Cuando me miré en el espejo no me conocía. No me atrevía a salir a la calle. Me compraron una boina pero no la usé mucho tiempo, enseguida me acostumbré. Además en aquel barrio iban muchos chavales pelados al cero.

En otra ocasión me volví a cortar el pelo al cero, pero esa vez fue de manera voluntaria y consciente. Fuimos mi hermano y yo, ya mozalbetes, a la peluquería para que nos hicieran un corte de pelo normal y alguno de los dos le dijo al otro: A que no tienes… para pelarte al cero. A lo que el otro contestó: ¿Qué no? y salimos los dos de allí mondos y lirondos.

Adaptarnos al nuevo barrio fue difícil. Allí había pandillas ya organizadas muy celosos sus jefes de sus poderes y ellas de sus competencias y, sobretodo, muy exigentes con los nuevos vecinos. Además nosotros, para ellos, éramos niños finos del centro que estábamos invadiendo su barrio. Nos dieron más de una “guantá” y más de una vez tuvimos que salir por pies de situaciones muy comprometidas, hasta que en una ocasión mi hermano se enfrentó con el jefe, al que llamaban “el Chino” que estaba, naturalmente, pelado al cero, fue una gran lucha, se dieron unos cuantos cates y revolcones, ganó mi hermano y yo me sentí la persona más importante de la tierra, tenía un hermano que era capaz de ganar al Chino. Fuimos admitidos en sociedad. Los años cuarenta fueron muy bonitos porque los chavales gozábamos de total libertad pero muy difíciles y, en algunos casos, peligrosos.

Pues entre trompos, pedreas, pídolas, burros (el juego y montarnos en todos los que por allí pasaban) y viajar en la parte trasera de los coches de caballos esquivando latigazos; escapadas a la vía para ver a las estraperlistas que viajaban en el tren de Sanlúcar y tiraban sacos por las ventanillas, idas a la zúa a coger cañas para hacer canutos y para fabricar instrumentos con la que coger higos chumbos fuimos creciendo. En los veranos nos íbamos hasta La Corta, y a Cartuja, para bañarnos y aprender a nadar (la metodología era muy expeditiva: te cogían entre dos o tres y te lanzaban al agua en uno de los lugares donde cubría, lo demás era cosa natural: o salías por tus propios medios o quién sabe lo que hubiera ocurrido). Pasaron unos cuantos años, los suficientes para endurecernos y para que mi madre se diera cuenta de que estábamos todo el día “con los mejores del barrio” haciendo golferías por lo que le planteó a mi padre que tenía que tomar cartas en el asunto.

Las cartas que tomó fueron matricularnos en la Academia Santo Tomás que estaba en la calle San Agustín. El Director-propietario me hizo el examen de ingreso siguiente: – A ver, pon ahí tu nombre. Lo hice, y al mirar la grafía sentenció: — Cuando te mueras escribirás igual de mal. Don Ernesto, se llamaba. No estoy seguro pero me parece que los dos fletes estuvimos juntos, por lo menos un curso. A mi hermano, como ya tenía once o doce años, lo prepararon para hacer el examen de ingreso en la Escuela de Comercio y aprobó.

No recuerdo cuantos cursos estuve yo en aquel colegio privado en el que había dos o tres maestros: uno para los pequeños, con el que yo estaba, D. Ricardo, que era hijo del que se preocupaba de los mayores, y otro para los que ya estudiaban en el Instituto y necesitaban refuerzo. Un buen día me peleé con alguno de mis compañeros de clase, me empujó, me golpeé con un pupitre en la zona lumbar y al agacharme por el dolor, me volví a golpear con otro, esta vez en la sien, perdí el conocimiento y cuando me desperté, me castigaron “al árbol caido…”. Mi hermana (cuatro años menor que yo) ingresó en el Colegio de la Plaza del Arenal, sección de niñas (entonces los niños y las niñas estaban separados, lo de la coeducación vino después) que estaba en la calle Armas (mismo edificio que el de niños pero distinta entrada, mejores maestras y mejores condiscípulas). El cambio de Colegio nos vino bien, pues ingresamos en otra pandilla más culta que la anterior pero más golfa también.

Con la nueva cuadrilla nos íbamos al Puerto de Santa María, se conoce que Jerez nos quedó pequeño. Los viajes los hacíamos en tren, naturalmente sin billete, o en el camión del padre de unos amigos que se dedicaba al transporte de pescado. El viaje de ida era muy bueno, toda la caja del camión para nosotros, pero en el de vuelta teníamos que compartir el espacio con las cajas de pescado. Algunas veces también fuimos andando por la Trocha.

En verano, a la playa de La Puntilla era a la que iban los veraneantes y los del Puerto, pero nosotros cruzábamos el canal a nado y nos íbamos a la de Valdelagrana donde estábamos completamente solos. En invierno, jugábamos al fútbol en La Puntilla, íbamos al cine, nos peleábamos a pedradas con los chavales del Puerto. Ellos nos insultaban y nos decía que ibamos allí para quitarnos las pelotillas del culo, nosotros les respondian que eran mariquitas y volviamos a casa con cara de haber estado paseando por la calle Larga.

Por aquellos años había un pinar en la playa de La Puntilla, detrás de unas dunas, que tenía camaleones. Yo nunca fui capaz de cazar ninguno pero habia verdaderos especialistas. Era muy bonito y muy curioso observar como cambiaban de color. Cada vez que los ponían en un sitio distinto y qué importantes eran aquellos que los tenían, que envidia despertaban. Es posible que los vendieran, no lo sé, nunca lo pregunté. Aquellas dunas tan altas, ahora son montoncitos de arena y aquel pinar está lleno de casas.

El deporte que hacíamos era jugar al balón con pelotas de trapo y papeles que sujetaban con una red. Alguno de nosotros era muy mañoso y las fabricaba de maravilla. Nuestro campo de fútbol era la calle San Agustín donde únicamente nos molestaba algún coche (uno o dos en toda la mañana o la tarde) y los guardias de la porra que estaban empeñados en que no jugásemos allí, por lo que de cuando en cuando nos hacían redadas y si nos cogían nos daban algún mamporro o algún tirón de orejas, pero las cosas se agravaron. Como aquello nos parecía injusto, decidimos que cuando hubiera redada la romperíamos a la fuerza, por lo que la táctica acordada fue salir huyendo todos por la calle Fate que es bastante estrecha. Naturalmente el guardia que cerraba aquella salida o se quitaba o lo atropellábamos y, afortunadamente para él y para nosotros, ocurría, que se quitaba. Pero no contamos con que los guardias también piensan y decidieron reforzar el flanco más débil, por lo que huyendo un día nos encontramos con tres o cuatro tapando nuestra salida y algunos fueron hechos prisioneros, entre ellos mi hermano que estuvo retenido en el cuartelillo, situado entonces en los bajos del Ayuntamiento, calculo que dos o tres horas. Los demás nos situamos en la acera de enfrente y desde allí veíamos, por una de las ventanas, a un guardia, grande como un demonio, fumando. Cada vez que daba una chupada al cigarro echaba una cantidad de humo tremenda, con lo que la preocupación por la captura de mi hermano pasó a segundo plano: lo importante era ahora calcular cuándo daría la próxima chupada y cuánto humo lanzaría al espacio de aquella habitación enrejada, alumbrada por una bombilla y con vistas a la calle. Naturalmente, nosotros ya fumábamos.

Las pedreas amistosas era otro de nuestros deportes o juegos. Es decir, cuando no teníamos enemigo que echarnos a la cara para apedrearnos con ellos, nos metíamos por el agujero de la taquilla del cine de verano San Agustín y allí convenientemente resguardados de miradas indiscretas (justamente al lado estaba el Cuartel de la Guardia Civil), divididos, en dos bandos y bien parapetados y armados de piedras, trozos de ladrillo, etc. luchábamos entre amigos, pero como si no lo fuésemos, hasta que alguien acababa descalabrado. Esa era la señal para dejar de combatir entre hermanos. Naturalmente estas luchas eran en invierno, cuando no había cine.

Por aquellos tiempos me llegó la hora de dejar el Colegio, ya había cumplido la edad y, según oí tenía que acceder a otro nivel. Mi padre me dijo: ¿qué quieres, estudiar o trabajar? Yo le respondí, que estudiar, lo que suponía hacer el exámen de ingreso en el Instituto de Bachillerato. Al día siguiente, mi padre, me cogió de la mano y me llevó a ver la carpintería de un amigo o conocido suyo, en un lugar oscuro, sucio, desordenado, frío, lleno de serrín pero que olía bien,  a madera serrada. Estuvieron hablando un rato y nos fuimos. Ese mismo día, o al siguiente, hicimos otra visita: fuimos a ver a un señor que era picapleitos, así lo calificó mi padre, La entrevista se celebró en un bar con terraza que había en la Plaza del Arenal, esquina a la calle Corredera (en esa terraza, años más tarde vi, por primera vez en mi vida, a una mujer en short, debía ser americana, por allí pasó medio Jerez). Cuando terminaron de hablar me preguntó mi padre: ¿dónde quieres trabajar, en la carpintería o en el Juzgado? Sin pensarlo mucho y con más miedo que vergüenza le respondí que en el Juzgado.

En el año de 1947, a los 11 de haber nacido, comencé a trabajar. Dichosa libertad, elegí estudiar y me dieron dos opciones: ser carpintero o juez, como más tarde comenzaron a llamarme en el barrio. El Secretario del Juzgado vestía siempre de traje con chaleco, corbata y tirantes; lo de los tirantes lo sé porque alguna vez, para colocarse bien los pantalones, se abría la chaqueta y el chaleco y entonces aparecían los tirantes pero es que además vi que los pantalones se los colocaba muy altos, prácticamente debajo de las tetillas Al finalizar el primer mes de trabajo, D. Hipólito, que así se llamaba, me dijo: toma, tu sueldo y me dio veinticinco pesetas.

Entré a trabajar, naturalmente, como chico para recados. Iba por cafés cuando me lo mandaban al bar Supremo que estaba en la Plaza del Arenal, en la esquina de enfrente. Otro de los recados que hacía era ir a un Estanco que había en la calle Larga, para comprar papel de Pagos al Estado y pólizas. Esta labor supuso que me enterara de que por realizar tu trabajo te podían dar comisión, pues cada vez que iba a dicho establecimiento, las estanqueras que eran dos hermanas, me regalaban un puñado de tabaco negro de picadura. Como yo, igual que todos mis amigos, ya fumaba, siempre tenía tabaco para todos. Entre el tabaco y el dinero de las propinas que me daban Abogados y Procuradores por hacerles recados mi status en la pandilla subió una barbaridad. Aprendí, naturalmente, a liar cigarrillos que es una habilidad que se ha perdido. Si alguien quiere quitarse de fumar que intente aprender a liar cigarrillos.

(Juan,  a su  izquierda su esposa y a su derecha su hermana)

Los Juzgados  estaban entonces, ya lo he dicho, en el mismo edificio que mi primer Colegio, pero con distinta entrada. Me parece recordar que al Colegio se accedía por la Plaza del Arenal y al Juzgado por la calle Armas. En este edificio estuvimos poco tiempo porque con el fin de que todo él pasara a ser Palacio de Justicia y mientras duraron las obras, nos trasladaron a otro de la Alameda Cristina, que había sido Colegio también. Después volvimos de nuevo a la Plaza del Arenal y de esa vuelta quería hablar.

El Palacio de Justicia, me parece que así rezaba un letrero que tenía en el frontis, al que se entraba por la Plaza del Arenal, tenía un patio central con columnas a un lado, alrededor del cual giraba todo el edificio. En la planta baja, estaban los Juzgados Municipales y el Registro Civil y en la primera, a la que se accedía por una escalera en cuyo descansillo estaba un cuadro que representaba el suicidio de Lucano, los de Primera Instancia e Instrucción nº 1 y 2 y la vivienda de un juez. Volvimos sin estar terminadas las obras y mi hermano, al que yo había conseguido colocar en el nº 1, subía de la planta baja a la primera trepando por la  cuerda de la polea instalada para subir materiales.

Hablando de materiales de construcción, un buen día a alguien se le ocurrió que podíamos echar una pedrea los del nº 1 contra los del nº 2. El campo de batalla, una sala que estaban dividiendo en dos por medio de un tabique que se encontraba a media altura, con lo que quedaban perfectamente delimitados los campos: nos veíamos, no podíamos invadir el terreno de los contrarios y aquel medio tabique nos permitía, además escondernos tras él. Las armas, a propuesta de alguien, acordamos que fueran pasteles de merengue. Comenzó la batalla que transcurrió muy igualada, pero la munición se acabó enseguida. Primero echamos mano de algo de pasta que por allí había, después trocitos de ladrillo y por fin medios ladrillos y enteros. El resultado fue que se cayó parte del tabique y como no hubo ni vencedores ni vencidos, todos nos dedicamos al finalizar a recomponer los destrozos. La parte de tabique que repusimos no guardaba ninguna relación con el resto. Al día siguiente los albañiles, después de preguntar que había pasado sin que nadie supiera nada, tuvieron que volver a tirar nuestra obra y colocar los ladrillos debidamente alineados. Conste que entre los luchadores no hubo ni Secretarios ni Jueces.

La calle San Agustín era nuestro espacio, nuestro lugar de convivencia. En ella jugábamos, íbamos al Colegio, vivían algunos de nuestros compañeros de aventuras y hacíamos sufrir a un pobre señor que era un santo varón, al que le tomamos el portal de su casa como lugar de reunión con las consecuencias que se derivan del hecho de que una pandilla se convierta en usuaria de tal habitáculo. Allí hablábamos, gritábamos, fumábamos, escupíamos -naturalmente en el suelo de mármol blanco- y descubrimos que mojando convenientemente las colillas con saliva y lanzándolas al techo con mucha fuerza, para lo que utilizábamos los dedos corazón y pulgar a modo de papirotazo, se quedaban pegadas, a manera de estalactitas. A partir de ese momento nos convertimos en decoradores. Si no fuera una petulancia, diría ahora que nosotros fuimos los que descubrimos esa moderna profesión.

Mi vida de “juez” continuaba. Aprendí a escribir a máquina y llegó un momento que lo hacía como un rayo. No sé cuantas pulsaciones haría por minuto, pero seguro que una barbaridad. Era el asombro de mis compañeros y de mis jefes, tanto es así que dejaron de mandarme a hacer recados y pasé a ser mecanógrafo de la Sección de lo Penal (lo Criminal decíamos nosotros). Escribía las declaraciones de presuntos (que se dice ahora) y de testigos que tomaba el Juez o el Secretario y me dictaban. Se me daba muy bien, también, el cosido de sumarios y demás expedientes: había en el Juzgado bramante, agujas, tijeras, y cada vez que se producía algún nuevo documento que había que unir a sus antecedentes allí estaba yo haciendo mi labor de artesanía. Había distintas formas de coser los papeles, hasta el punto de que, con sólo verlos, distinguíamos los expedientes civiles de los penales.

Se incorporó un nuevo funcionario como Secretario que se hizo cargo directamente de los asuntos civiles y a mí me designó su mecanógrafo. Unos años duró aquella función y como consideré que tenía mucho trabajo y que la remuneración era escasa, pedí aumento de sueldo, me lo negaron y decidí que por aquel dinero no merecía la pena trabajar, así es que me despedí. A los pocos días me llamo para trabajar con él el Secretario del Juzgado nº 1.

Un buen día me afirmé en que yo quería estudiar, pero como no me permitían que dejara de trabajar, compatibilicé el estudio del Bachillerato, como alumno libre, con el trabajo y, naturalmente, seguí jugando en la calle. De aquellos juegos pasé al deporte en el Frente de Juventudes: el balonmano, el atletismo, la natación, el balonvolea -que ahora se llama voleybol- y el baloncesto (a pesar de mis escasos 1,67 mts.) ocuparon mi tiempo libre. Sólo voy a comentar un recuerdo: los 400 mts. lisos fue la prueba de atletismo en la que me clasificaron. Cada vez que participaba en una competición uno de mis rivales era un chaval, rubio que estudiaba en Puerto Real, y me sacaba siempre de ventaja por lo menos 50 ó 100 metros.

Mi padre vendió la casa de Reventón de Quintos, se compró otra en la calle Mariñiguez y allí nos mudamos.

1955 fue un año importante, me permitió cumplir mis proyectos: conseguí ingresar en la Academia Nacional José Antonio de Madrid, centro donde se cursaban los estudios para Profesor de Educación Física; y desde ese año hasta 1958 el estudio fue mi casi exclusiva ocupación (en vacaciones trabajaba en el Juzgado y hacía los cursos de la Milicia Universitaria). Ese mismo año de 1955, fui admitido para opositar a Auxiliar de Justicia pero no me presenté porque ya había elegido ser Profesor de Educación Física. Las prácticas de la Milicia Universitaria, como Alférez las hice en Cádiz durante el verano de 1959. En 1958, en León, comienzo de nuevo a trabajar, pero ahora como Profesor de Educación Física.

(Juan, al recibir el título de Doctor por la Universidad de León)


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Una respuesta a “337. JUAN JOSÉ ROSA SÁNCHEZ. Un investigador jerezano en León”

3 04 2011
José María (01:15:45) :

Esta sí que es una auténtica joya de gentedejerez.
Me resultó muy interesante, y por momentos-desde la diáspora- me sentía casi identificado con aquellos chavales. Claro yo un poco mayor y en Argentina
Felictaciones para todos.

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