026. GRAN CINEMA.

20 06 2009

Gran Cinema

Esta fotografía que me ha facilitado José Luis Jiménez, corresponde al Gran Cinema, cine de verano que estuvo ubicado en el Alcázar. Por la indumentaria de las personas que aparecen en la instantánea, pudo ser tomada en la década de los años veinte. Los más viejos del lugar alguna vez me han comentado que había dos localidades: preferencia, que eran las más caras y con  sillas colocadas delante de la pantalla y general con sillas colocadas detrás. Al ser la pantalla una especie de lona transparente, los espectadores veían la película como una imagen reflejada en un espejo y lógicamente los subtítulos lo veían igualmente. Parece ser que las personas que asistían a la localidad más modesta adquirieron una gran  habilidad para leer los subtítulos del revés.

Alguna vez  ha comentado un señor ya de cierta edad, que el sábado 18 de julio de 1936 se disponía a asistir a ver una película al Gran Cinema y una persona mayor que se lo encontró le dijo: ¡Niño dónde vas! ¿No sabes que se ha formado una revolución? El chiquillo salió corriendo hacia el barrio de Santiago y cuenta que antes de llegar a su casa ya escuchó tiros.

Gracias al libro de mi abuelo Francisco Campuzano Gayol, Con pólvora sólo puedo recrear como era la Alameda Vieja en el verano de 1935. El capítulo se titula Las tardes de la Alameda y le voy a reproducir con toda fidelidad para no perder el estilo que se utilizaba hace más de setenta años:

Alameda Vieja en los años treinta.

Foto de la Alameda Vieja, realizada por el afamado fotógrafo francés LUCIEN LOISIN BESNARD (1876-1942) que hizo postales de todos los lugares del territorio español.

“Yo voy a la Alameda en calidad de ostra: rara vez ocupo otro asiento que el democrático banco el paseo y me es completamente indiferente la hora; voy cuando me place sin preocuparme de que a una determinada solo se encuentran en ella, domésticas, niños y militares sin graduación.
Bajo este aspecto la alameda está clausurada para infinidad de personas que no les gustan los niños ¡ni dormidos!, a mí me sucede todo lo contrario: los chiquillos me encantan y las niñeras… bueno, de las niñeras hago poquísimo caso. Si alguna vez miro a una de ellas, es porque forma un solo cuerpo con el crío que lleva en brazos y no es posible contemplarlo sin reparar al mismo tiempo en la rubia que lo lleva.
¿Dije rubia? Pues ya ven ustedes lo poco que me fijo. Era morena, guapa, y con tal indiferencia la miré que apenas reparé que era esbeltita, bien formadita, apretadita, superiormente calzada, con una media a tano del zapato, un primoroso vestido, un delantal de peto con lazo de mariposa atrás y un bolso del brazo, donde muy bien podía meter a la pequeña y echárselo a la espalda.
Como ya comprenderán ustedes que al no fijarme en ella maldito el interés que me inspiró, me dediqué a contar los ejemplares que había por allí de su categoría. Ochenta y dos sumé en aquel crepúsculo y calculando que cada una de ellas llevara a su cargo tres criaturas, por término medio, dan un total de 246 bebés, que con el barquillero, las viejas del cacahuet y los novios de las criadas, constituyen el público alamedil, de siete a nueve, de cualquiera de estas tardes estivales.
¿Qué si me aburro?
Al contrario: me distraen en grado sumo las escenas que se suscitan entre mis compañeros de asientos: por sus conversaciones adquiero referencias interesantes: a menudo escucho saladísimos coloquios.
En alguna ocasión son dos criadas que desde allí “vigilan” el juego de sus niños y describen de paso el carácter de las personas a quienes sirven.
-¿Tú ves mi señorita que parece una mosquita muerta? Pues “es la má de inresistible”; me vuelve loca con sus gritos.
- Pues a la mía no le sale palabra del cuerpo pero es de debilidad “¡deficencia de la cocina!”
En el asiento opuesto, dándome la espalda, un soldado y una rolliza muchacha, que lleva en brazos una criatura, entablan la charla-
-Oiga joven ¿es usted nodriza por un casual?
-“¡Señó!” tengo yo cara de haberme “pasao eso”
-Lo decía por las “aparencias”
-Pues no “señó”; no soy ama más que de mi persona.
-Y de la mía, porque Vd. Manda en mí más que “er Coroné”…. ¿Me va Vd. A “queré” mucho?
-¿Y que voy a “hacé” con mi novio?
-Si es de tropa, licéncielo Vd.; y si es paisano, yo me encargo de espantarlo.
Al llegar a este extremo, la criaturita, presintiendo quizá la traición que se proyecta, rompe a llorar a grito pelado y el idilio queda interrumpido.
A mi derecha, dos mujeres consumen el tema de las subsistencias: una de ellas, por lo que deduzco, debe estar  “a fruto por pensión”   pues no tiene nada que hacer en la plaza ni sabe siquiera lo fabuloso de los precios.
-¿Ha visto Vd. las patatas?
-Eso mismo iba a preguntarle. ¿Qué les pasa? Yo oigo que dice todo el mundo: ¡Cuidado con las “papas”! ¡Cuidado con las “papas”! ¿Están quizá venenosas?
Han encendido los focos. Inadvertidamente el personal anterior ha sido sustituido por otro que va llenando el paseo. El timbre del cine repiquetea con estridencia lamentable. Tras el Cuartel de Infantería aparece una luna grande y rojiza que majestuosamente se eleva para presidir la velada.”


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